En busca del nirvana para los perros consentidos

BANGKOK, Tailandia — Incineraron al husky siberiano en Bangkok; las llamas devoraron su pelaje grueso. Sosteniéndose de las manos en la sala funeraria para mascotas, los dueños del perro lloraron en silencio.

Habían pagado 160 dólares para que incineraran a su perro, Friendly, al estilo tailandés adecuado, engalanado con caléndulas y rociado de agua bendita en un templo budista, o wat.

Bangkok, una ciudad desorganizada con pocos espacios verdes, no es ideal para las mascotas. Un parque cerca de donde vivo es el hogar de lagartos monitor de casi 3 metros de largo que parecen capaces de comerse a Agatha, el schnauzer miniatura de mi familia. Que los pitones se coman enteras a las mascotas no es tan poco común como uno esperaría.

El gobierno de Bangkok tiene una actitud indiferente respecto de los animales callejeros, así que no hay muchos medios para esterilizarlos o castrarlos. Como consecuencia, se calcula que 100.000 perros, en distintos estados de deterioro, vagan por las calles de la capital tailandesa.

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Un brote reciente de rabia alarmó a la ciudad. Los refugios de animales están saturados y los zoológicos difícilmente son un baluarte de los derechos de los animales, con elefantes a los que obligan a dar presentaciones para los turistas.

Aun así, muchos residentes de Bangkok aman a los perros y gatos, e intentan crear refugios de mascotas en esta jungla urbana, que es donde resido como directora de la oficina del sureste de Asia de The New York Times. El hospital veterinario donde Agatha recibió sus vacunas tiene su propio vestíbulo con candelabros, cafetería con bocadillos para perro y habitaciones VIP donde los humanos pueden dormir en caso de que sus mascotas hospitalizadas prefieran estar acompañadas.

Cuando hace frío en Bangkok —es decir cerca de 21 grados Celsius— los dueños de las mascotas visten a sus perros con sudaderas o, si tienen el dinero, impermeables de Burberry.

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Agatha, más acostumbrada a los climas septentrionales después de haber crecido en China, estaba contenta de explorar sin otra cosa más que su pelaje. A diferencia del caniche que vive a la vuelta de la esquina, jamás la consentí con una pedicura, con todo y esmalte rojo.

El último lugar de reposo para las mascotas tailandesas puede ser igual de lujoso.

Tailandia es abrumadoramente budista y los fieles creen que los animales, a través de un ciclo de renacimiento en diferentes formas de vida, pueden terminar por alcanzar el nirvana. En nuestro wat local, los monjes a menudo llevan a cabo cánticos para los perros, gatos, hámsteres, lagartos, serpientes y tortugas; la sala de oraciones se llena con el rumor de sus conjuros.

A veces, los budistas devotos que encuentran perros callejeros muertos hacen méritos ayudándolos a realizar su transición a la siguiente vida a través de un funeral wat. La mayoría de los animales pueden incinerarse en el wat, aunque los cerdos mascota presentan dificultades en el crematorio debido a la gran cantidad de grasa que tienen.

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El dueño de Friendly, Watcharasit Siripaisarnpipat, sabía que él y su esposa habían consentido a su perra. En este país tropical, tenían a Friendly y a seis huskies siberianos más en un recinto con aire acondicionado las veinticuatro horas del día, aunque para ellos a veces era suficiente con un ventilador. En su cumpleaños, Friendly comió helado.

“Disfrutó de una buena vida”, dijo Watcharasit, mientras examinaba los huesos que salían del crematorio. “También se merece una buena vida en el más allá”.

Unas semanas después, Watcharasit, su esposa y su hija se subieron a un bote en el Chao Phraya, el río que rodea Bangkok. Con la brisa en el aire, abrieron la urna y esparcieron las cenizas de su perra en el agua.

Como una criatura que tuvo la suerte suficiente de haber vivido en un devoto reino budista, Friendly ahora era libre de reencarnar.

Hace ocho años, Cassius, nuestro perro antes de Agatha, murió por complicaciones de una bacteria causada por una garrapata. (La enfermedad sanguínea que la mató también diezmó a perros estadounidenses durante la guerra de Vietnam).

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Cremamos a Cassius en un wat. Los monjes oraron y su cuerpo fue enviado al fuego, una fuerza purificadora que limpia el alma en la tradición tailandesa. A lo largo de los años, transportamos su urna de celadón a Pekín, después a Shanghái y luego de regreso a Bangkok. Las cenizas de Cassius aún están en el tocador de nuestra habitación.

No era el horror visceral de ver cómo el trabajador del crematorio metía un atizador en el horno lo que me molestaba. De acuerdo con el budismo, ninguna forma de vida es permanente, ni siquiera la de los peludos de narices frías.

Me molestó más la manera tan comercializada que han adoptado los negocios de cremación de mascotas, con paquetes especiales que te dejan elegir qué urna comprar o cuántos monjes van a orar por tu mascota.

Después vi que uno de los cuatro monjes que recitaban sutras para Friendly revisaba su celular cuando se suponía que debía rezar por el husky siberiano. Le echó un vistazo a su página de Facebook, revisándola frenéticamente mientras pasaba el dedo por la pantalla, aunque su boca seguía recitando la oración.

No, pensé, haríamos algo distinto cuando fuera la hora de Agatha, algo sin monjes adictos a las redes sociales.

No obstante, puesto que nuestra shnauzer miniatura solo tenía 6 años, no consideré los detalles de qué haríamos entonces.

Esa tarde, mientras descargaba fotos y videos del funeral de la mascota, Agatha tomó una siesta en mi regazo, sin ver las imágenes de la mortalidad canina que estaban en mi computadora portátil.

Menos de una semana después, un auto atropelló a Agatha en nuestra calle en Bangkok. Murió casi instantáneamente.

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Mi familia amaba a nuestra pequeña schnauzer nacida en Pekín, criada en Shanghái, transportada por avión a Bangkok el año pasado. En su nueva casa en Tailandia, se hizo amiga de perros callejeros del lugar y aprendió sobre los placeres de estar en la parte trasera de un mototaxi, con el viento que movía su barba y sus cejas.

Agatha tenía orejas grandes y un corazón aún más grande. Había corrido por una sección de la Gran Muralla China y le gustaba comer pepinos crujientes. Sus ojos eran color chocolate oscuro. La sepultamos bajo un gran árbol de tamarindo en el jardín de nuestro edificio de apartamentos.

Nuestros vecinos tailandeses nos trajeron orquídeas a manos llenas. Los sapos, los gusanos y los ciempiés brillantes ahora la acompañan. Pronto, las plantas crecerán desde su tumba, la tierra tropical, siempre húmeda y cálida, cumpliendo con el ciclo budista de la vida.

Publicado por Panama Times PTY

Periodistas y comunicadores.

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