Crisis de honestidad



«Puedes engañar a algunas personas todo el tiempo, y a todas las personas durante un tiempo. Pero no puedes engañar a todos todo el tiempo.» Abraham Lincoln.

Cómo si la pandemia del coronavirus y la crisis económica generada por el confinamiento no fuesen suficientes, el 2020 nos sorprende con un fenómeno de ENOS denominado “La Niña” que hasta hoy ya ha dado lluvias en el oeste del país como nunca en casi 40 años de registros. La lluvia intensa y continua ha causado inundaciones con la consecuente destrucción de las estructuras construidas cerca de los río, derrumbes y destrucción de segmentos de vías importantes. Todo como consecuencia del paso del huracán Eta por el Caribe cerca de Panamá; y como si fuese poco, un segundo huracán, Iota, repite la ruta del anterior y posiblemente profundizará los daños.

Así como nos sorprendió la lluvia, fue reconfortante cómo miles de personas se organizaron para recolectar alimentos e insumos necesarios para asistir a los miles de afectados. El gobierno, aunque más lentamente, reaccionó también organizando la ayuda. Destacable la acción de las entidades de Protección Civil y la Fuerza Pública y la colaboración del gobierno de los Estados Unidos. Fue una orquesta sinfónica que tocó al unísono para asistir a los afectados…

Pero de inmediato surge la sombra negra de la deshonestidad: A medida que la ayuda llegaba a los centros de distribución en las comunidades afectadas, surgieron los “juega vivo” quienes manejaron la distribución con criterios políticos y personas, algunos afectados y no, que acapararon la ayuda. Los alimentos e insumos que debieron durar para un periodo determinado, una o dos semanas, se consumieron rápidamente en días. Y al tener que volver a entregar la ayuda, se priva a otras de las comunidades necesitadas y que permanecían aisladas de la ayuda que tanto necesitan. Esta actitud deshonesta y egoísta no solo consume los insumos suministrados sino la confianza de los donantes quienes al enterarse deciden no continuar ayudando, a pesar de que la crisis ambiental continua.

Las consecuencias de nuestros actos deshonestos trascienden lo inmediato y se trasladan al futuro. Estos acaparadores actúan de igual manera que los criminales quienes despojan a sus víctimas de sus pertenecías, pero también de su fe en el sistema. Muchas de las medidas a las que estamos sometidos se deben a que se supone que todos somos deshonestos en vez, de como debería ser, suponer que todos somos honestos. Y para ponerle la cereza la pastel, los ejemplos de nuestros políticos, quienes actúan soslayadamente, haciendo leyes para el beneficio de algunos y, de acuerdo a la percepción popular, obteniendo beneficios de su actuación gubernamental, son muy visibles y poderosos actuando en contra de toda campaña de influencia de poco alcance.

La educación de la sociedad, especialmente de los niños y jóvenes, en los valores que sostienen la convivencia pacífica y que promueva la prosperidad, resulta imprescindible. No es posible construir una sociedad donde las personas se rigen por la conducta del “juega vivo”, un eufemismo para decir egoísmo y deshonestidad, porque la desconfianza carcomerá cada vez más las relaciones sociales.

Esta manifestación de “juega vivo”, “tomar ventaja” está muy arraigada en la sique de muchos panameños. En este país no es posible prestar dinero a nadie porque lo más seguro es que no lo devolverán. Y sus actuaciones teatrales para convencer a las víctimas conjugan una historia trágica y la labia de un gran orador, a tal punto que la víctima de la estafa se siente culpable de no poder ayudar. No en vano, los comerciantes se han organizado para tener un sistema mediante el cual puedan compartir el historial de los “mala paga”.

Aunque parece algo simple y del ámbito privado, la honestidad de los miembros de la sociedad es un asunto de primer orden que debería ser objeto de consultas, consensos y acciones para construir la conciencia colectiva de que ser honesto es hacer Patria.