¿Medidas sanitarias o económicas?

«La medicina es una ciencia de la incertidumbre y un arte de la probabilidad»… William Osler

La pandemia del coronavirus está arreciando tal y como sucedió con la pandemia de 1918. En ese año, la pandemia inició en marzo en Estados Unidos, al final de la Primera Guerra Mundial (que finalizó en noviembre de 1918). La segunda ola de la pandemia de 1918 ocurrió entre septiembre y noviembre y la tercera a inicios de 1919. Si miramos a la actual pandemia, las similitudes son extraordinarias, y debido a eso, muchos países se prepararon para enfrentarla, en parte a lo cual se ha podido disminuir los fallecimientos a 1.6 millones (la de 1918 tuvo más de 50 millones de muertos).

El análisis de las cifras y la información científica generada durante la pandemia es fundamental para planear la reacción y medidas que se pueden tomar para mitigarla. Los datos existen, y suponemos que los expertos del Ministerio de Salud las manejan y sobre la base de estos toman decisiones. El resto de los profesionales desconoce el detalle de estas cifras y por lo tanto opinan sobre la base de la fragmentaria información disponible.

Así, por ejemplo, tenemos unos 27,900 casos activos (un incremento de unos 15,000 casos desde el principio de noviembre, casi doblándose). De estos se desconoce dónde están ubicados, sus edades, cuántas de esas personas presentan síntomas. Eso le corresponde al MINSA. Y es lógico que así sea. No obstante, las medidas que se toman para detener la pandemia no solo se circunscriben al ámbito médico y de la salud: Están muy relacionados con la economía del país, con el sustento de miles y miles de seres humanos en este país. De allí es que es imprescindible que se integre un equipo consultor multidisciplinario que considere todos los aspectos y consecuencias de las medidas a tomar.

Imagine que deseamos tomar medidas para evitar las muertes en accidentes de tránsito y se decida prohibir la circulación de los vehículos. Las muertes se reducirían a cero, evitaríamos unas 400 muertes anuales y miles de lesionados. A cambio, millones de personas serían perjudicados y su economía afectada. Por descabellado que parezca el ejemplo, es ilustrativo de medidas que se toman sin considerar las consecuencias. Se requiere un sacrificio en bien de la salud, pero también una ponderación de las consecuencias de ese sacrificio respecto a los daños colaterales que ocasionará. Tal vez salvemos 20,000 vidas quienes eventualmente se verán sometidas a limitaciones económicas que ocasionarán el deterioro de su nivel de vida y muy probablemente de su salud que conllevará miles de muertes en los años subsiguientes.

El anterior confinamiento no solo fue muy prolongado sino inhumano. Además de la angustia de la epidemia misma, fuimos sometidos a un estrés excesivo por el tiempo disponible para salir a adquirir alimentos y algunos para poder obtener su sustento. Eso no se puede repetir. Ha habido un daño profundo en la economía de los hogares que no fue tomado en cuenta y que ha sido ignorado por el gobierno y las autoridades de salud. Esta aparente desidia ha generado un profundo rechazo en la población hacia las autoridades de salud a las que califican de autoritarias y “regañonas”.

Es tiempo de pensar con la cabeza fría y aceptar que no será posible salvar a todos. Las medidas que se tomen deberán ser dirigidas a salvaguardar el mayor bienestar de las grandes mayorías por el mayor tiempo posible. Una tarea que requiere consulta, humildad y de los mejores profesionales de todas las ramas.