#EDITORIAL Egoísmo impositivo

«Sólo hubo una Navidad, el resto son aniversarios» … William John Cameron

A pesar de todos los esfuerzos y medidas que se han tomado, el coronavirus está ganando la partida. Hasta tanto no se inmunice a una gran parte de la población, seguirá contagiando a miles de personas y provocando la muerte de un 2.2% de los contagiados… Aunque parece algo trágico, en realidad la fijación en la pandemia solo ha puesto al descubierto nuestro más profundo miedo a la muerte.

En los últimos años han muerto en Panamá más de 20,000 personas por año y nunca estuvimos tan pendientes del número de muertos por una razón muy sencilla: No sentíamos que podíamos morir. Ahora la muerte nos respira en la nuca y el miedo y desesperación se apodera de todos.

El virus además es macabro porque infecta a muchos (un 80 % asintomáticos, un 20 % con síntomas, y un 5% del total deben ser hospitalizados y un 2.2% fallecen), esparciendo el temor a la muerte entre los infectados. El coronavirus es muy efectivo explotando nuestros hábitos sociales de aglomeración, lo que indica que estará con nosotros muchos meses más, quizás años. Hay que aprender a convivir con él, mejorando nuestros hábitos para minimizar los riesgos.

En nuestro afán de detener el virus nos encerramos lo que provocó una crisis económica de magnitud tal solo vista durante la Gran Depresión de 1929 (que muchos afirman fue provocada por la pandemia de 1918) y nos volvió más vulnerables. No solo sentimos miedo a morir sino también a perder nuestros trabajos, residencias, y a pasar hambre. Este complejo escenario ha despertado nuestro sentido de solidaridad, distorsionado por una sobrevaloración del peligro que enfrentamos. Muchos medios y influenciadores han hecho llamados a no celebrar la Navidad, aduciendo que han muerto muchas personas. Y sí han muerto mucha gente, pero no tantas como el año pasado. ¿Qué nos hizo tener esa sensibilidad sobre los muertos? El miedo a morir… Y ha sido proclamada como la verdad absoluta y que todos deberían obedecer porque de lo contrario no serían solidarios y empáticos con los que sufren.

Tal desfachatez es impresionante porque muestra un oportunismo aberrante: Las muertes de miles de personas cada año, los miles de niños que mueren de hambre, no les hizo pedir la suspensión de las fiestas en ningún momento en el pasado. Su intención es mostrarse solidarios y sensibles al dolor humano pero lo único que denotan es una desconexión extraordinaria con la realidad.

Para algunas esta pandemia fue una oportunidad más que una crisis. Más del 60% de los multimillonarios del mundo se hicieron más ricos en 2020 y los cinco que más se enriquecieron vieron sus fortunas combinadas crecer e US$310.500 millones. Hay gente que tiene razones para celebrar. Los influenciadores tienen mucho que celebrar y seguramente lo harán en privado cosechando su popularidad volátil y vana.

No podemos pretender imponer nuestro estado de ánimo a los demás. Que cada uno celebre si lo considera apropiado y necesario luego de meses de estrés y ansiedad a la que hemos estado innecesariamente sometidos. Qué descarguen sus emociones porque la vida sigue y habrá millones de personas que superarán la epidemia y continuarán sus vidas hasta que el momento de partir les llegue.

La pandemia ha desnudado nuestras debilidades, la más grande las cuales nos ha hecho incapaces de entender que si actuamos juntos y aplicamos las normas de distanciamiento físico y hábitos de aseo de manos, no solo podríamos detener la actual pandemia sino miles de virus que circulan entre nosotros. Necesitamos un nivel de conciencia social que no tenemos. He allí la verdadera razón del fracaso en las medidas contra la pandemia.