Del Unabomber a un narco uruguayo: una lingüista forense cuenta sus secretos para encontrar pruebas de delitos en textos y audios

Danielle Jones desapareció el 18 de junio de 2001, a la hora en que iba a la escuela. La habían visto hablando con un hombre en una furgoneta azul parecida a la de su tío, Stuart Campbell. Pero él mostró que había recibido mensajes de texto de su sobrina de 15 años horas después de su desaparición. Eso indicaba que la adolescente estaría viva; el contenido de los sms daba a entender que se había escapado de su casa.

Sheila Queralt cree que fue “el primer caso en el Reino Unido en el que un lingüista forense analizó mensajes de texto en el marco de una investigación por asesinato, según escribió en su libro sobre esta profesión, tan poco conocida como fundamental hoy en las pesquisas policiales. Campbell era de una generación diferente a la de la víctima, y su imitación de los códigos de texteo fue pobre. Aunque el cadáver no apareció —pero en su casa se encontró ropa ensangrentada de Jones, además de un diario en el cual él describía su obsesión por las adolescentes—, fue condenado a prisión perpetua por asesinato y a 10 años por secuestro.

Sheila Queralt tiene 32 años y se dedica a la disciplina que más recientemente se sumó a la investigación policial: la lingüística forense. (@DrSheilaQueralt)

“Cuando tienes un problema del tipo que sea, lo primero que piensas no es: ‘¡Necesito a un lingüista forense ahora mismo!’”, bromeó Queralt en Atrapados por la lengua. Sin embargo, la disciplina puede ser mucho más fascinante de lo que parece: en las palabras de las personas hay huellas de sus identidades, y en el caso del delito equivalen a pruebas.

“Nuestras conclusiones en los dictámenes periciales son fruto de la observación, de la cuantificación de las marcas lingüísticas y de su contraste con las teorías lingüísticas relevantes”, explicó. “Este modus operandi del médico y del perfilador criminal también lo aplica el lingüista forense. Nosotros analizamos los ‘síntomas’ lingüísticos, determinamos los patrones del autor y ‘diagnosticamos’ su origen, edad, nivel educativo, etc., más probables”.

Los lingüistas forenses a veces también participan en casos que no son judiciales: el periódico The Sunday Times, por ejemplo, le pidió a Patrick Juola, experto en lingüística computacional, que analizara si El canto del cuco, novela que había publicado Robert Galbraith, podía ser en realidad de J.K. Rowling. Tras analizar con herramientas informáticas varios rasgos de la escritura, entre ellos la cantidad de caracteres por palabra, el top 100 de las más frecuentes o la distribución de grupos de dos palabras (como “por ejemplo”), confirmó que sí. Días después Rowling reconoció ser la autora detrás del seudónimo.

Graduada en estad disciplina de la que se enamoró cuando vio un cartel que la definía como “la interfaz entre la lengua y el derecho”, esta española trabajó durante dos años en el “único laboratorio de lingüística forense del mundo hispanohablante y uno de los pocos que existían en todo el mundo”. Su conocimiento de idiomas y de ciencias del lenguaje, además de criminalística y traducción e interpretación, le dieron confianza para fundar su propia empresa de peritaje, Laboratorio SQ, que lleva 10 años analizando textos escritos y discursos en España, México, Colombia, Ecuador, Perú, Estados Unidos, Canadá y Sudáfrica.

¿Qué hace un lingüista forense?

Desde Las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle, a series como CSI mucho ha cambiado el sistema de comprobación de un delito: se han sumado elementos de la medicina forense, la balística, la dactiloscopia, la psicología, la informática y la entomología, entre muchas otras disciplinas. La lingüística forense es una de las más recientes y su papel ha crecido con el de las redes sociales: no todos los criminales mandan cartas, pero casi todos tienen alguna cuenta en las plataformas y usan mensajería.

“Hoy la red se ha convertido en el escenario favorito para chantajistas, estafadores, extorsionadores y matones, que muchas veces son atrapados por la lengua, tal y como anuncia el título de este libro”, señaló Manuel Marlasca en el prólogo. “Son presas ideales para los lingüistas forenses: sus expresiones, su forma de escribir, su tono… Todo ello confirma un perfil, que servirá para dar caza al autor del delito. Un mensaje de Telegram o un tuit, en manos de Sheila Queralt y los suyos, contiene tanta información como la escena de un crimen o un cadáver sobre una mesa de autopsias”.

Como se trata de una especialidad hija de la construcción de perfiles de los sospechosos, el primer caso que la experta citó en su libro fue el del Mad Bomber, quien puso más de 30 bombas en 15 años a mediados del siglo XX en los Estados Unidos y cuya captura creó la técnica que hoy se conoce como perfilación criminalA partir de leer los elementos de la investigación, el psiquiatra James Brussel concluyó:

Se trata de un varón adulto, de unos 50 años, nacido en el extranjero (posiblemente del este de Europa) pero residente en Connecticut o Bridgeport. Es religioso y soltero. No tiene pareja ni ojos. Odiaba a su padre y tenía un amor obsesivo por su madre. Vive con un hermano o una hermana. Ha tenido un trabajo relacionado con la mecánica o la electricidad. Además, debe de ser un hombre meticuloso y perfeccionista en su trabajo.

Aunque los policías lo escucharon con escepticismo, Brussel incluso acertó en la descripción de la ropa con la que sería arrestado George Metesky: “Cuando lo encuentren, puede que lleve un traje cruzado abotonado”.

De manera similar, “esta metodología inductiva es la que también siguen expertos como Queralt para construir un perfil lingüístico. Observamos las marcas que deja el delincuente en sus cartas o en las grabaciones y extraemos conclusiones sobre él”, explicó. También —usó como ejemplo el ataque de ransomware Wannacry— muchas veces los lingüistas forenses analizan “el código del programa malicioso, de la aplicación, de la web”, y pueden detectar “cualquier uso peculiar de Google Translator (u otras herramientas)” o establecer “plagio translingüe”.

A partir de las marcas particulares de las palabras de una persona, tanto en lo que escribe como en el habla, Queralt traza un perfil lingüístico.

La diferencia entre violación y abuso sexual

Muchos de los casos que resuelven estos peritos consisten en resolver la ambigüedad de un contrato, como por ejemplo el seguro de las Torres Gemelas luego del 11 de septiembre de 2001. “Durante casi seis años los propietarios y el arrendatario de las torres y las aseguradoras mantuvieron un conflicto de miles de millones de dólares. El ataque a las Torres Gemelas había sido ¿un atentado o dos atentados?”, planteó Atrapados por la lengua. El arrendador decía que dos, y pedía USD 7.000 millones de indemnización por la suma de ambos.

“A algunos lingüistas se les encargó analizar el número gramatical (en singular, ataque, o en plural, ataques) que utilizaban los medios de comunicación cuando se referían al incidente de las Torres Gemelas”, detalló el texto. Esa pericia, y otros estudios sociolingüísticos, concluyeron que “el número gramatical más utilizado era el singular, utilizando sintagmas del tipo ‘ataque terrorista’ o ‘ataque a las Torres Gemelas’”. El acuerdo extrajudicial se fijó en USD 2.000 millones.

Además de recordar casos sobre los galimatías de los contratos administrativos, el problema del lenguaje judicial complejo, Queralt escribió sobre las consecuencias peligrosas de un mal intérprete en la sala de tribunales, cuando en lugar de una transposición precisa se sintetizan conceptos, se agrega información o se cambia el registro. En el caso de un delito de agresión sexual, contó, la víctima dijo “no me dejaba decir ni hacer nada”, pero el intérprete tradujo “me dijo que me callara”. La lingüista forense analizó: “En ‘no me dejaba decir ni hacer nada’ se entiende que hay un acto de violencia y la víctima no tiene la opción de actuar, mientras que en ‘me dijo que me callara’ la víctima puede decidir callarse o no”.

Uno de los casos que cuenta “Atrapados por la lengua” fue un litigio con la aseguradora de las Torres Gemelas: ¿debía pagar por uno o por dos atentados?

El cambio es importante: puede “afectar al tipo de delito penal que se considera, ya que puede tratarse de un delito de abuso sexual o de un delito por violación, y a la posible condena que podría ser de entre cuatro y 12 años de prisión”, agregó.

Junto a las barbaridades que se pueden derivar del uso de Google Translator (por ejemplo, lo hacen los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos para analizar los contenidos de las redes sociales de los solicitantes de residencia, ilustró) estudió otro fenómeno de contaminación, causado por las entrevistas policiales, en particular cuando se trata de menores. Citó el caso de un niño que había sido secuestrado por alguien a quien él describió como parecido a Papá Noel, por lo cual la investigación se había dirigido, infructuosamente, a hombres mayores, con barba canosa y barriga. Nadie le pidió una descripción al niño, hasta que Queralt señaló eso sobre la entrevista. El hombre, en realidad, llevaba una gran bolsa porque era vendedor ambulante.

Tras analizar fenómenos novedosos como la desinformación, los deepfakes y la inteligencia artificial pasó al problema que el lenguaje periodístico puede causar, con la historia de un peritaje de tres periódicos en un caso donde el defensor argumentó que los medios “estaban dando por hecho que su cliente había cometido los delitos antes de ser juzgado”. Queralt dio un ejemplo ilustrativo —debe mantener la confidencialidad del caso— y mostró que “el emisor no muestra ninguna duda ni hace referencia a sus fuentes”, con lo cual todas las afirmaciones de los titulares funcionaron como una sentencia mediática.

Ted Kaczynksi, el Unabomber, fue el caso original de la lingüística forense: entre 1978 y 1996 realizó 14 ataques con explosivos y logró ser el delincuente en el que más recursos invirtió el FBI.

De Unabomber al narco uruguayo

La construcción de perfiles lingüísticos evoca a una cita de Sherlock Holmes: “La singularidad es casi siempre una pista. Cuanto más anodino y común es un crimen, más difícil es resolverlo”. Queralt recordó que “una combinación de palabras muy especial”, por ejemplo, le permitió apuntar hacia uno de los varios sospechosos en un caso: su investigación mostró que sólo aparecía una coincidencia en internet entera, “un perfil de un grupo de Telegram”.

El caso original de la lingüística forense probablemente haya sido el del Unabomber, que entre 1978 y 1996 realizó 14 ataques con explosivos y logró ser el delincuente en el que más recursos invirtió la Agencia Federal de Investigaciones (FBI) de los Estados Unidos. El investigador James Fitzgerald analizó la forma en que se comunicaba el terrorista que había pedido la publicación de un ensayo de más de 35.000 palabras. En base a ellas Fitzgerald determinó que se trataba de un hombre con educación superior, que había ido a la universidad en un arco de tiempo limitado y que tenía ciertas expresiones características que, luego, identificarían los familiares de Ted Kaczynski. En el caso de Unabomber “por primera vez se usaron pruebas lingüísticas en Estados Unidos para conseguir una orden de registro”.

La autora ofreció también varios ejemplos de su país, España, como el rastreo de un sospechoso de homicidio y robo en Santander a partir de la llamada que él mismo hizo para pedir que auxiliaran a las víctimas, o las comunicaciones del secuestrador de Anabel Segura, quien solicitaba a la familia una recompensa por la vida que la mujer había perdido a poco de desaparecer.

La velocidad a la que vibran las cuerdas vocales, la tensión con que suenan algunas consonantes, las muletillas y los ruidos de fondo son la punta del iceberg: “Cuando analizamos grabaciones anónimas”, explicó Queralt, “también podemos determinar la lengua o lenguas maternas de los hablantes, a pesar de que no las hablen en esa grabación porque se expresa en otra lengua que ha aprendido más tarde”.

Los lingüistas forenses hacen peritajes del contenido de los mensajes de texto, por ejemplo, para determinar la autoría en casos de duda.

La voz permitió probar la inocencia de Óscar Sánchez, acusado de narcotráfico por la policía italiana porque el delincuente usó un teléfono registrado a ese nombre y hablaba castellano. Sánchez fue extraditado de España a Italia y, aunque defendió su inocencia, aceptó un juicio rápido, lo cual implicó 14 años de prisión. Pero la voz en el teléfono decía “guachito”, “vos me dijiste” y “estaba re-bueno”, algo ajeno al habla peninsular: es lenguaje rioplatense. La pericia de SQ logró demostrar que Sánchez había sido víctima de robo de identidad para la adquisición del teléfono. El narcotraficante era uruguayo. Sánchez pasó 626 días preso en Italia.

Incluso en casos famosos, como el del asesino del Zodíaco, es posible encontrar pistas nuevas, como que se trataba de alguien que quería simular que tenía menos educación: en las cartas que escribió a la prensa se destacaba “la producción de errores en palabras sencillas”, recordó Atrapados por la lengua, que “no eran consistentes, en el sentido de que escribía correctamente esas mismas palabras en otras ocasiones, y además podía escribir perfectamente palabras mucho más complejas”.

Los puntos débiles del ciber delito

En lo que respecta a la atribución de autoría de un texto, “actualmente uno de los focos de trabajo más importantes para los lingüistas forenses es el cibercrimen y, en particular, las redes sociales”, explicó el libro. “Quién hay detrás de una cuenta de Twitter o si esa cuenta la lleva más de una persona” son ejemplos de pedidos cotidianos que recibe la agencia que fundó Queralt, SQ.

Un caso muy peculiar fue el del tuitero @spainbuca, que decía ser un trabajador de la torre de vigilancia del aeropuerto de Kiev y acusó al gobierno ucraniano de haber derribado el vuelo 370 de Malaysia Airlines. Ante las pericias lingüísticas que revelaban sus falsedades, “el propio José Carlos [Barrios Sánchez, un estafador condenado] confirmó que todo había sido un complot por parte de los rusos, quienes le habían pagado grandes sumas de dinero (prácticamente € 50.000) por publicar los tuits”.

En España, según datos del Ministerio del Interior, “los ciberdelitos suponen el crimen organizado más grande del siglo XXI”, explicó Atrapados por la lengua. “De hecho, el 80% de los ciberataques los realizan bandas y redes con una extrema organización”. Eso no implica que no haya artistas solitarios, como el caso de un estafador que seducía mujeres, comenzaba a vivir con ellas, les robaba todo su dinero y desaparecía, una práctica que realizó durante 20 años con más de 35 identidades falsas —Roi González Iglesias, Roy Pérez Alonso, Leto Scorssi Delarco, Alex Bethancourt, Alex MacLoud— aunque se llamaba Rodrigo Nogueira.

Laboratorio SQ participó de la pesquisa y analizó “correos electrónicos y registros de chat de ocho identidades distintas utilizadas por el estafador” y logró establecer este perfil lingüístico: “Se trataba de un varón de entre 20 y 35 años en 2004-2007, probablemente de origen gallego pero que habría vivido en otras regiones centrales y que tendría un nivel de estudios básico”, una descripción que coincidió con la del sospechoso, que fue detenido.

Otros trabajos permitieron establecer errores penosos, como la detención de Montserrat Careta por el asesinato de Helena Jubany cerca de Barcelona: Careta se suicidó en la cárcel antes de que una pericia de los mensajes demostrara que no era suya la escritura de los mensajes que había recibido la víctima.

El análisis que los lingüistas forenses pueden hacer de las técnicas de imitación permiten resolver, además de casos como el de la adolescente Jones y su tío condenado por su secuestro y asesinato, otros cometidos incluso por policías, como el asesinato de Pedro Rodríguez, de la Guardia Urbana española, por su novia Rosa del Peral y la anterior pareja de ella, Albert López, ambos de la misma fuerza. Una pericia comprobó que los mensajes de WhatsApp enviados desde el teléfono de Pedro fueron enviados por Del Peral “haciéndose pasar por él”. También casos de abuso policial, como la falsificación de la confesión de un detenido en el famoso caso de los Birmingham Six, el atentado del Ejército Republicano Irlandés (IRA) que en 1974 causó 21 muertos y 182 heridos con dos bombas.

Escrito en un estilo muy ligero, con toques de humor e invitaciones a la participación del lector, Atrapados por la lengua analiza además casos de “mentiras a medias, recursos para no decir las cosas de la forma más directa posible, la repetición de muchos contenidos, el uso de frases contradictorias” y cuenta que los lingüistas forenses son capaces de establecer el estado de ánimo de un hablante, o si tiene Parkinson o si está mintiendo que su hermano gemelo cometió un delito que le corresponde a él.

Aunque su abuela todavía no ha entendido de qué va el trabajo de esta mujer de 32 años —”Cree que trabajo de intérprete para la policía o algo de traductora”, dijo a El País— el lector puede comprender y disfrutar de cómo el análisis del lenguaje, la construcción de perfiles lingüísticos, la atribución de autoría, la identificación de la voz y la detección de las imitaciones forman un espacio donde el amor a las palabras y la búsqueda de justicia se unen para generar el vértigo del género policial.

Tomado de Infobae