“Pagaban para elegir a las reclusas más bonitas”: las detenidas de un campo para uigures en China que denuncian haber sido violadas

Los hombres que la violaban siempre usaban mascarillas

Según relatos detallados obtenidos por la BBC, muchas mujeres en los campos de “reeducación” de China para uigures han sido violadas, abusadas sexualmente y torturadas sistemáticamente.

Este es su testimonio. Puede que algunos de los detalles de esta historia puedan herir la sensibilidad de algunas personas.

Tursunay Ziawudun pasó nueve meses en los campos de internamiento chinos.

Los hombres que la violaban siempre usaban mascarillas, a pesar de que entonces no había una pandemia, dice Tursunay Ziawudun.

Llevaban trajes, recuerda, no uniformes de policía.

Pasada la medianoche, llegaban a las celdas para seleccionar a las mujeres que querían y las llevaban por el pasillo hasta una “habitación oscura”, donde no había cámaras de vigilancia.

Ziawudun asegura que la llevaron allí varias noches.

“Quizás esta sea la cicatriz más inolvidable que llevaré para siempre”, dice.

Tursunay Ziawudun pasó nueve meses dentro del vasto y secreto sistema de campos de internamiento de China en la región de Xinjiang.

Según estimaciones independientes, más de un millón de hombres y mujeres han sido detenidos en la extensa red de campos, que China dice que existen para la “reeducación” de los uigures y otras minorías.

Los grupos de derechos humanos denuncian que el gobierno chino ha eliminado gradualmente las libertades religiosas y otras libertades de los uigures, culminando en un sistema opresivo de vigilancia masiva, detención, adoctrinamiento e incluso esterilización forzada.

Ziawudun describió haber estado en un campo de internamiento como los que muestran estas imágenes de satélite.

La política proviene del presidente de China, Xi Jinping, quien visitó Xinjiang en 2014 a raíz de un ataque extremista de separatistas uigures.

Poco después, según documentos filtrados al diario The New York Times, ordenó a los funcionarios locales que respondieran “sin piedad”.

El gobierno de Estados Unidos dijo el mes pasado que las acciones de China desde entonces equivalían a un genocidio.

China asegura que los informes de detención masiva y esterilización forzada son “mentiras y acusaciones absurdas“.

Los relatos de primera mano desde el interior de los campos de internamiento son raros, pero varios exdetenidos y un guardia le han dicho a la BBC que experimentaron o vieron evidencia de un sistema organizado de violación masiva, abuso sexual y tortura.

Tursunay Ziawudun, quien huyó de Xinjiang después de su liberación y ahora se encuentra en Estados Unidos, dice que las mujeres eran sacadas de las celdas “todas las noches” y violadas por uno o más hombres enmascarados.

Cuenta que fue torturada y luego violada en grupo en tres ocasiones, cada vez por dos o tres hombres.

Ziawudun ha hablado antes con los medios de comunicación, pero solo desde Kazajstán, donde “vivía con el temor constante de ser devuelta a China”, dice.

Alega que creía que, si revelaba el alcance del abuso sexual que había experimentado y visto, y regresaba a Xinjiang, sería castigada con más dureza que antes. Además, asegura que estaba avergonzada.

Es imposible verificar completamente el relato de Ziawudun debido a las severas restricciones que China impone a los reporteros en el país, pero los documentos de viaje y los registros de inmigración que proporcionó a la BBC corroboran la cronología de su historia.

Sus descripciones del campamento en el condado de Xinyuan, conocido en uigur como condado de Kunes, coinciden con las imágenes de satélite analizadas por la BBC, y sus descripciones de la vida diaria dentro del campamento, así como la naturaleza y los métodos del abuso, se corresponden con otros relatos de exdetenidos.

Los documentos internos del sistema judicial del condado de Kunes de 2017 y 2018, proporcionados a la BBC por Adrian Zenz, un destacado experto en las políticas de China en Xinjiang, detallan la planificación y el gasto para la “transformación a través de la educación” de “grupos clave”, un eufemismo común en China para el adoctrinamiento de los uigures.

Sayragul Sauytbay asegura que fue testigo de las violaciones.

En un documento de Kunes, el proceso de “educación” se describe como “lavar cerebros, limpiar corazones, fortalecer la rectitud y eliminar el mal“.

La BBC también entrevistó a una mujer kazaja de Xinjiang que estuvo detenida durante 18 meses en el sistema de campamentos, que dijo haber sido obligada a desnudar a mujeres uigures y esposarlas, antes de dejarlas a solas con otros hombres.

Después, cuenta, limpió las habitaciones.

“Mi trabajo consistía en quitarles la ropa por encima de la cintura y esposarlas para que no se movieran”, recuerda Gulzira Auelkhan, cruzando las muñecas detrás de la cabeza para ejemplificar.

“Entonces dejaba a las mujeres en la habitación y entraba un hombre, algún chino de fuera o un policía. Me sentaba en silencio junto a la puerta, y cuando el hombre salía de la habitación, llevaba a la mujer a darse una ducha”.

Según su testimonio, los hombres “pagaban para elegir a las reclusas jóvenes más bonitas“.

Algunos exdetenidos de los campos han descrito que se les obligaba a ayudar a los guardias o se les castigaba.

Auelkhan dice que no tenía poder para resistirse o intervenir.

Cuando se le preguntó si existía un sistema de violación organizada, respondió: “Sí, violación”.

“Me obligaban a entrar en esa habitación”, dijo. “Me obligaban a quitarles la ropa a esas mujeres, sujetarles las manos y salir de la habitación”.

Algunas de las mujeres que fueron sacadas de las celdas por la noche nunca regresaron, dice Ziawudun.

A las que regresaron se las amenazó con que no contaran a las otras en la celda lo que les había sucedido.

“No puedes contarle a nadie lo que pasó, solo puedes recostarte en silencio”, recuerda. “Está diseñado para destruir el espíritu de todos“.

Zenz le dice a la BBC que el testimonio reunido para esta historia era “una de las pruebas más horrendas que he visto desde que comenzó la atrocidad”.

“Esto confirma lo peor de lo que hemos escuchado antes”, afirma.

“Proporciona evidencia autorizada y detallada de abuso sexual y tortura a un nivel claramente mayor del que habíamos asumido”.

Los uigures son un grupo minoritario, generalmente musulmán, que cuenta con unos 11 millones de integrantes en Xinjiang, en el noroeste de China.

La región limita con Kazajstán y también es el hogar de la etnia kazaja.

Ziawudun, de 42 años, es uigur. Su marido es kazajo.

La pareja regresó a Xinjiang a fines de 2016 después de una estadía de cinco años en Kazajstán, y fueron interrogados a su llegada y se les confiscaron los pasaportes, según Ziawudun.

Unos meses después, la policía le dijo que asistiera a una reunión junto con otros uigures y kazajos y el grupo fue arrestado.

Su primer período en detención fue relativamente fácil, recuerda, con comida decente y acceso a su teléfono.

Después de un mes desarrolló úlceras de estómago y fue dada de alta.

El pasaporte de su esposo fue devuelto y él regresó a Kazajstán para trabajar, pero las autoridades se quedaron con el de Ziawudun y la atraparon en Xinjiang.

Los informes sugieren que China ha internado a familiares en la provincia para disuadir a los que se van de que hablen.

El 9 de marzo de 2018, con su esposo todavía en Kazajstán, se le ordenó a Ziawudun que se presentara en una estación de policía local.

Le dijeron que necesitaba “más educación”.

Según su relato, fue transportada de regreso a las mismas instalaciones que las de su detención anterior, en el condado de Kunes, pero el sitio se había desarrollado significativamente.

Los autobuses estaban alineados afuera para descargar a los nuevos detenidos “sin parar”.

A las mujeres les confiscaron sus joyas.

Los aretes de Ziawudun fueron arrancados de un tirón, asegura, lo que hizo que le sangraran las orejas, y la llevaron a una habitación con un grupo de mujeres.

Entre ellas se encontraba una anciana con la que Ziawudun se haría amiga más tarde.

Los guardias del campo le quitaron el pañuelo a la mujer, recuerda Ziawudun, y le gritaron por usar un vestido largo, una de las expresiones religiosas que se convirtieron en “ofensas” que podían resultar en arresto para los uigures ese año.

“Le quitaron todo a la anciana, dejándola solo con su ropa interior. Estaba tan avergonzada que trató de cubrirse con los brazos“, cuenta Ziawudun.

“Lloré mucho viendo la forma en que la trataban. Sus lágrimas caían como lluvia”.

A las mujeres se les dijo que entregaran sus zapatos y cualquier ropa con elásticos o botones y luego las llevaron a pabellones, “similares a un pequeño vecindario chino donde hay hileras de edificios”.

No pasó mucho durante los primeros dos meses. Fueron obligados a ver programas de propaganda en sus celdas y les cortaron el pelo a la fuerza.

Luego, la policía comenzó a interrogar a Ziawudun sobre su marido ausente. Dice que tiraron al suelo cuando se resistió y le patearon el abdomen.

“Las botas de la policía son muy duras y pesadas, así que al principio pensé que me estaban golpeando con algo”, recuerda.

“Entonces me di cuenta de que estaban pisoteando mi vientre. Casi me desmayo, sentí que me asfixiaba”.

Cuando sus compañeras de celda llamaron la atención sobre el hecho de que estaba sangrando, los guardias “respondieron diciendo que es normal que las mujeres sangren”.

Según Ziawudun, cada celda albergaba a 14 mujeres, con literas, barrotes en las ventanas, un lavabo y un inodoro tipo agujero en el suelo.

Cuando vio por primera vez sacar a las mujeres de la celda por la noche, no entendió por qué. Dice que pensó que las estaban trasladando a otro lugar.

Luego, en algún momento de mayo de 2018 -“no recuerdo la fecha exacta, porque no recuerdas las fechas allí adentro” – Ziawudun y una compañera de celda, una mujer de unos veinte años, fueron sacadas por la noche de las celdas y presentadas a un hombre chino que tenía una mascarilla.

Su compañera de celda fue llevada a una habitación separada.

“Tan pronto como entró, empezó a gritar”, recuerda Ziawudun. “No sé cómo explicarlo, pensé que la estaban torturando. Nunca pensé que la estaban violando”.

La mujer que las había sacado de las celdas les contó a los hombres sobre la hemorragia reciente de Ziawudun.

“Después de que la mujer hablara sobre mi condición, el chino la maldijo. El hombre de la mascarilla dijo ‘Llévala al cuarto oscuro”.

“La mujer me llevó a la habitación contigua a la que habían llevado a la otra muchacha. Tenían un bastón eléctrico, no sabía qué era, y lo empujaron dentro de mi tracto genital, torturándome con una descarga eléctrica”.

La tortura de Ziawudun esa primera noche en el cuarto oscuro llegó a su fin cuando la mujer intervino nuevamente citando su condición médica y fue devuelta a la celda.

Aproximadamente una hora después, trajeron a su compañera de celda.

“La muchacha se volvió completamente diferente después de eso, no hablaba con nadie, se sentaba en silencio mirando como en trance. Había muchas personas en esas celdas que perdieron la cabeza”, dijo Ziawudun.

Al lado de las celdas, otra característica central de los campamentos son las aulas.

Las autoridades chinas han reclutado a maestros para “reeducar” a los detenidos, un proceso que, según los activistas, está diseñado para despojar a los uigures y otras minorías de su cultura, idioma y religión, y adoctrinarlos en la cultura china dominante.

Qelbinur Sedik, una mujer uzbeka de Xinjiang, fue una de las maestras de chino traídas a los campos y obligadas a dar lecciones a los detenidos.

Sedik huyó de China y habló públicamente sobre su experiencia.

El campamento de mujeres estaba “estrictamente controlado”, le dice Sedik a la BBC.

Pero escuchó historias, señales y rumores de violación.

Un día, Sedik se acercó cautelosamente a una mujer policía que conocía.

“Le pregunté: ‘He estado escuchando algunas historias terribles sobre violaciones, ¿sabes algo?’ Respondió que deberíamos hablar en el patio durante el almuerzo”.

“Así que fui al patio, donde no había muchas cámaras. Ella dijo: ‘Sí, la violación se ha convertido en una cultura. Son violaciones colectivas y la policía china no solo las viola, sino que también las electrocuta. Están sujetas a horribles torturas”.

El presidente Xi Jinping es señalado de estar detrás del proyecto de los campos de internamiento.

Esa noche Sedik no durmió en absoluto: “Estaba pensando en mi hija que estaba estudiando en el extranjero y lloré toda la noche”.

En un testimonio separado del Proyecto de Derechos Humanos Uigur, Sedik contó que escuchó que se insertaba un palo electrificado en mujeres para torturarlas, haciéndose eco de la experiencia que describió Ziawudun.

Según su testimonio, practicaban “cuatro tipos de descargas eléctricas”: “La silla, el guante, el casco y la violación anal con un palo”.

“Los gritos resonaban en todo el edificio. Podía escucharlos durante el almuerzo y, a veces, cuando estaba en clase”, dice.

Otra maestra obligada a trabajar en los campos, Sayragul Sauytbay, le dijo a la BBC que “la violación era común” y que los guardias “escogían a las niñas y mujeres jóvenes que querían y se las llevaban”.

Sauytbay asegura haber presenciado una terrible violación pública en grupo a una mujer de solo 20 o 21 años, que se realizó frente otras 100 detenidas para provocar una confesión forzada.

“Después de eso, frente a todos, la policía se turnó para violarla”, asegura Sauytbay.

“Mientras hacían esto, observaban a las personas de cerca y seleccionaban a cualquiera que se resistiera. Una de ellas apretó los puños, cerró los ojos o miró hacia otro lado, y lo tomaron como castigo”.

La joven pidió ayuda a gritos, dice Sauytbay.

Fue absolutamente horrible“, recuerda.

En el campamento de Kunes, los días de Ziawudun se convirtieron en semanas y luego en meses.

A las detenidas les cortaron el cabello, iban a clases, se sometían a exámenes médicos inexplicables, tomaban pastillas, y las inyectaron a la fuerza cada 15 días con una “vacuna” que les produjo náuseas y entumecimiento.

A las mujeres les colocaron un DIU a la fuerza o las esterilizaron, según Ziawudun, incluida una joven que tenía unos 20 años.

La esterilización forzada de uigures ha sido generalizada en Xinjiang, según una investigación reciente de Associated Press. El gobierno chino dijo a la BBC que las acusaciones eran “completamente infundadas”.

Además de las intervenciones médicas, los detenidos en el campo de Ziawudun pasaban horas cantando canciones patrióticas chinas y viendo programas de televisión patrióticos sobre el presidente chino Xi Jinping.

“Te olvidas de pensar en la vida fuera del campamento. No sé si nos lavaron el cerebro o si fue el efecto secundario de las inyecciones y las pastillas, pero no puedes pensar en nada más que desear tener el estómago lleno. La privación de alimentos es muy grave “, afirma.

A los detenidos se les privaba de alimentos por infracciones como no memorizar con precisión pasajes de libros sobre Xi Jinping, según un exguardia del campo que habló con la BBC.

“Una vez llevamos a las personas arrestadas al campo de concentración y vi a todos obligados a memorizar esos libros. Se sientan durante horas tratando de memorizar el texto, todos tenían un libro en la mano”, dijo.

Aquellos que no aprobaban las pruebas fueron obligados a usar ropa de tres colores diferentes en función de si habían reprobado una, dos o tres veces, y fueron sometidos a diferentes niveles de castigo, incluida la privación de alimentos y las palizas.

“Entré en esos campos. Llevé detenidos a esos campos. Vi a esas personas enfermas y miserables. Definitivamente experimentaron varios tipos de tortura. Estoy seguro de eso”, afirma.

La BBC no pudo verificar de forma independiente el testimonio del guardia, pero el hombre proporcionó documentos que parecían corroborar un período de empleo en un campamento conocido.

El guardia afirma que no sabía nada sobre violaciones en las áreas de las celdas.

Cuando se le preguntó si los guardias del campo usaban la electrocución, respondió: “Sí. Lo hacen. Usan esos instrumentos de electrocución“.

Después de ser torturados, los detenidos fueron obligados a confesar una variedad de supuestos delitos, según el guardia. “Tengo esas confesiones en mi corazón”, dice.

El presidente Xi se cierne sobre los campamentos.

Su imagen y consignas adornan las paredes; él es un foco del programa de “reeducación”.

Xi es el arquitecto general de la política contra los uigures, según Charles Parton, exdiplomático británico en China y ahora miembro asociado principal del Royal United Services Institute.

“Es una decisión muy centralizada y llega desde lo más alto. No hay absolutamente ninguna duda de que esta es la política de Xi Jinping“, afirma.

Según el investigador, es poco probable que Xi u otros altos funcionarios del partido hayan dirigido o autorizado la violación o la tortura, pero en su criterio “ciertamente están al tanto”.

“Creo en la cima prefieren simplemente hacer la vista gorda” opina.

Según el relato de Ziawudun, los abusos no terminan en la violación.

“No solo violan, sino que también muerden todo el cuerpo, no se sabe si son humanos o animales”, dice mientras se pasa un pañuelo por los ojos y hace una pausa para recuperarse.

“No me perdonaron ninguna parte del cuerpo, me mordieron por todas partes y me dejaron marcas horribles. Era repugnante de ver”.

“Lo viví tres veces. Y no fue solo una persona la que te atormentaba, no era un único depredador. Cada vez fueron dos o tres hombres”, agrega.

En otra ocasión, una mujer que dormía cerca de Ziawudun en la celda, quien dijo que fue detenida por dar a luz a demasiados niños, desapareció durante tres días.

Cuando regresó, su cuerpo estaba cubierto con las mismas marcas.

“No podía hablar. Envolvió sus brazos alrededor de mi cuello y sollozó continuamente, pero no dijo nada”, recuerda.

El gobierno chino no respondió directamente a las preguntas de la BBC sobre denuncias de violación y tortura.

En un comunicado, una portavoz dijo que los campos de Xinjiang no eran campos de detención sino “centros de formación y educación vocacional“.

“El gobierno chino protege los derechos e intereses de todas las minorías étnicas por igual”, según el portavoz, que agregó que el gobierno “concede gran importancia a la protección de los derechos de las mujeres”.

Ziawudun fue liberada en diciembre de 2018 junto con otras personas que tenían pareja o parientes en Kazajstán, un aparente cambio de política que todavía no comprende del todo.

El Estado le devolvió el pasaporte y huyó a Kazajstán.

Luego, con el apoyo del Proyecto de Derechos Humanos Uigur, voló a Estados Unidos, donde está solicitando asilo.

Ziawudun vive en un tranquilo suburbio no lejos de Washington DC con otra mujer de la comunidad local uigur.

Las dos cocinan juntas y dan paseos por las calles del barrio.

Una semana después de su llegada a los Estados Unidos, se sometió a una cirugía para que le extirparan el útero, una consecuencia de la tortura en los campos en China.

“He perdido la oportunidad de convertirme en madre”, afirma.

Quiere que su esposo, que está en Kazajstán, se una a ella en Estados Unidos.

Durante un tiempo después de su liberación, antes de que pudiera huir, Ziawudun esperó en Xinjiang. Vio a otras mujeres que habían sido torturadas y liberadas después y el efecto que la política estaba teniendo en ellas.

La tasa de natalidad en Xinjiang se ha desplomado en los últimos años, según una investigación independiente, un efecto que los analistas han descrito como “genocidio demográfico“.

Muchos han recurrido al alcohol, dice Ziawudun.

Varias veces vio a su excompañera de celda, la joven que fue sacada de la celda con ella esa primera noche, caerse en la calle consumida por la adicción.

“Dicen que la gente está en libertad, pero en mi opinión, todo el que sale de los campos está acabado”.

Y ese, dice, era el plan. La vigilancia, el internamiento, el adoctrinamiento, la deshumanización, la esterilización, la tortura, la violación…

“Su objetivo es destruirnos a todos. Y todo el mundo lo sabe”, afirma.

Tomado de BBC