Medicina, complots y fe: la muerte impredecible e intrigante del papa Juan Pablo I

El 26 de agosto de 1978, luego de veintiséis horas de cónclave —uno de los más breves del siglo XX—, Albino Luciani fue elegido papa. El mundo lo conoció como Juan Pablo I. Las crónicas de aquel día resaltaron que, por alguna razón desconocida, la fumata que anunció su elección no fue blanca sino gris, un signo de mal augurio según algunos. […]

“Me sentía muy feliz. Tener como pastor de la Iglesia universal a un hombre de esa bondad y de esa fe luminosa era una garantía de que todo iba bien. Él mismo se sentía sorprendido y experimentaba el peso de su gran responsabilidad. Se veía que sufrió algo a causa de esto. No se esperaba la elección. No era un hombre que buscara hacer carrera”, declaró en 2003 el entonces cardenal Joseph Ratzinger al recordar aquel momento.

Algunos gestos del breve pontificado de Juan Pablo I —que duró poco más de un mes— indicaron claramente su voluntad de cambios.

Albino Luciani —que había entrado en el seminario de Feltre a los 11 años— conservó durante toda su vida una carta que le había enviado su padre, Giovanni Battista, un italiano humilde que, en 1913 —cuando Albino tenía apenas un año—, emigró a la Argentina y se radicó en la ciudad de La Plata, donde trabajó como albañil. Su permanencia en la capital de la provincia de Buenos Aires fue breve, ya que, al estallar la Primera Guerra Mundial, regresó a Italia. En esa carta, el padre le decía a su hijo: “Espero que, cuando te conviertas en sacerdote, te ubiques del lado de los pobres y de los trabajadores, porque Cristo ha estado del lado de ellos” […].

En la carta remitida a [su hermana] Antonia, fechada el 25 de agosto (de 1978), Luciani señalaba: “Querida hermana, te escribo antes de entrar en el cónclave. Son momentos de gran responsabilidad: a pesar de que no hay ningún peligro para mí —no obstante, las habladurías de los periódicos—, votar a un papa en estos momentos es un peso”. […]

Algunos gestos del breve pontificado de Juan Pablo I —que duró poco más de un mes— indicaron claramente su voluntad de cambios. Uno de ellos fue su negativa a ser coronado con la triple tiara papal. Otro, su decisión de adoptar el nombre de Juan Pablo I. Al hacerlo, se le hizo notar que, por ser el primero que lo llevaba, debía llamarse Juan Pablo a secas. Su oposición a esa tradición quedó reflejada en una frase que se le atribuye, premonitoria e histórica: “Yo me quiero llamar Juan Pablo I, porque el segundo vendrá pronto”. […]

Un mundo convulsionado

[Juan Pablo i] dio apenas cuatro audiencias públicas en las que explicó, siempre con una sonrisa y espíritu de catequista parroquial, las verdades de la fe.

Cuando su antecesor, Pablo VI, murió, Italia afrontaba una instancia dramática, ya que vivía sus propios años de plomo, con el terrorismo de extrema derecha —que desplegó su atrocidad en los atentados de la plaza de la Fontana de Milán y en la estación de ferrocarril de Bolonia— compartiendo escena con el terrorismo de extrema izquierda.

Por entonces, la Iglesia también atravesaba una situación crítica, debido a que se enfrentaba no solo a los coletazos relacionados con el resultado del referéndum que había aprobado el divorcio —en 1974—, sino también a las consecuencias de la puesta en vigencia, en mayo de 1978, de la Ley 194 que despenalizó el aborto.

Tal como sucedía en la geopolítica mundial, el mundo católico, que no escapaba a los empujes progresistas de la década, se dividía. Eran los días de la Guerra Fría y del conflicto sobre la cuestión palestina entre Israel y el mundo árabe.

En este contexto, Juan Pablo I, el papa de la sonrisa, consideró la cuestión de Medio Oriente como un tema central, postulando los derechos de los árabes en igualdad de condiciones a los de Israel y enfatizando la necesidad de una solución a corto plazo al problema de los refugiados palestinos. Y así como llevó a cabo una primera intervención en el conflicto por el canal de Beagle entre la Argentina y Chile, también tuvo la intención de apoyar el diálogo nacido en la reunión de Camp David entre el presidente de los Estados Unidos, James Carter, el primer ministro de Israel, Menachem Begin, y el presidente de Egipto, Anwar el-Sadat […]

Sereno e infatigable

Desde su temprana muerte, circularon versiones según las cuales el Papa no gozaba de buena salud. Fundamentada en testimonios y documentos, Stefania Falasca asegura que, ungido papa, Luciani “no parece angustiado ni agobiado por el peso de su nueva responsabilidad, preparada durante veinte años de episcopado en un tiempo difícil; por el contrario, se muestra inspirado por una gran serenidad en su gobierno.

“Observando cotidianamente de cerca a Juan Pablo I, el ayudante de cámara Angelo Gugel afirma que ‘en el trabajo diario para las audiencias y los encuentros con las personas, jamás se quejó de estar cansado o fatigado. Era resistente a la fatiga, siempre sereno y no se mostraba preocupado por los diversos problemas que, de a poco, debía afrontar’”.

En su libro, la vaticanista reconstruye —en base a los partes médicos y a los testimonios de quienes estuvieron allí— lo que sucedió en la Santa Sede los días previos, en la noche del 28 al 29 de septiembre de 1978 —cuando Juan Pablo I fue hallado sin vida— y durante las horas posteriores a su muerte.

Según Falasca —férrea sostenedora de la versión oficial sobre la muerte súbita del Papa por causas naturales—, lo inesperado de su deceso lo convirtió en una pieza teatral, en una muerte que arrastró, desde el inicio, un halo de intriga policial que algunos autores explotaron […].

Durante los treinta y tres días que duró su papado, Luciani siguió una rutina inmodificable: luego de la celebración de la misa, desayunaba. Era un desayuno más completo que el café bebido que tomaba apenas despertaba. En ese desayuno más extenso aprovechaba para leer los diarios. A partir de las 9, se entregaba a las audiencias programadas por la Prefectura de la Casa Pontificia. Luego almorzaba, reposaba brevemente y volvía al trabajo, dedicándose a la revisión de documentos o a la elaboración de sus propias intervenciones en los actos que formaban parte de su intensa agenda. Entre las 19.30 y las 20 cenaba con los secretarios vaticanos y, de vez en cuando, con algún invitado. Luego pasaba a agradecer a las religiosas que lo atendían a diario y se retiraba a su cuarto, donde, antes de dormirse, leía. “Se encerraba en su habitación y leía hasta la medianoche. No libros, sino informes de alto secreto que le llegaban de la Secretaría de Estado”, contó Pía Basso, una de sus sobrinas.

En su última semana de vida, Juan Pablo I dedicó buen tiempo a la carta del 20 de septiembre —dirigida a los obispos de las Conferencias Episcopales de la Argentina y de Chile—, en momentos en que el conflicto entre las dos naciones por el canal de Beagle parecía inevitable y al que la posterior mediación de Juan Pablo II felizmente logró evitar. Fechada al día siguiente, Luciani le envió también una carta a James Carter, en la que le manifestaba su apoyo a las conversaciones por la paz en Medio Oriente que se estaban desarrollando en Camp David, la residencia de descanso de los presidentes de los Estados Unidos. […]

“El Papa estaba bien”

[…]Albino Luciani siguió haciendo vida normal hasta que, en el otoño de 1975, sufrió una trombosis de la vena central de la retina en su ojo izquierdo (en los testimonios de su sobrina y de los médicos, unas veces hablan de trombosis de la vena central de la retina y otras, de trombosis de la arteria central de la retina). Llevaba dos meses sin ver bien con ese ojo y durante el viaje de regreso a Italia, luego de una visita a Brasil —en noviembre—, la sintomatología fue tal que debió ser internado. Fue su octava internación, durante la que estuvo en el departamento de oftalmología del Hospital General de Mestre, dirigido por el profesor Rama, entre el 2 y el 8 de diciembre.

El féretro de Juan Pablo I en la Basílica de San Pedro (Photo by Greg Mathieson/Shutterstock)

“Al volver de Brasil, en 1975, el tío me dijo que hubo problemas de presurización (en el avión) y le apareció un punto rojo en el ojo”, narra Lina Petri, quien agrega que, además, tuvo un edema en el dorso del pie sin mayores consecuencias.

El diagnóstico de su afección ocular fue “oclusión de la vena central retínica del ojo izquierdo”, es decir, una trombosis de la retina, que se resolvió sin dificultad y sin dejar secuelas.

“Todos los análisis de laboratorio realizados en aquella circunstancia fueron absolutamente normales —dijo la doctora Petri—. Nada de hipertensión, nada de diabetes, ninguna patología ligada a la alteración de los valores de los triglicéridos o del colesterol, ni a enfermedades hepáticas, ni renales, y ninguna patología del corazón”. Refiriéndose al tratamiento, la sobrina del Papa especificó que “la terapia establecida en el curso de la hospitalización fue sustancialmente a base de anticoagulantes para resolver la trombosis retínica en el acto y prevenir la aparición de otras […].

Entre la documentación sobre el problema circulatorio en la retina que padeció Juan Pablo I aportada por su sobrina, hay una nota de aquel entonces que Luciani envió a su hermana Antonia —muy preocupada por su salud— en la que le decía: “Querida Nina, me dijo el doctor que si esto que tuve en el ojo me hubiera sucedido en el corazón, hubiera podido morir. Para evitar posibles recaídas, hago esta terapia. Pero quédate tranquila porque se resuelve”.

Este episodio médico afectó fuertemente al papa Luciani, a tal punto que lo volvió muy reticente a hacer viajes prolongados en avión.

¿Cuál era el estado de salud de Juan Pablo I al momento de su sorpresiva muerte? Mario Senigaglia, que fue secretario de Luciani, señaló: “El hombre, en el fondo, estaba sano. Tengo experiencia, por lo demás, de que era un hombre físicamente fuerte (…)”.

“El Papa estaba bien”, afirmó el doctor Da Ros, y agregó: “Luciani era muy cuidadoso y nunca abandonaba el medicamento. Además, sor Vincenza, que era enfermera, llevaba el control de la medicación”. En igual sentido, el doctor Rama afirmó: “Era un paciente muy consciente. Era muy sensible a las drogas, necesitaba muy poco. En verdad, tenía indicada la dosis mínima de Effortil. La dosis normal es de sesenta gotas por día, pero solo veinte o treinta eran suficientes para él. Nosotros éramos siempre muy prudentes al prescribirle medicinas”. […]

El secretario personal del Papa, Diego Lorenzi, dijo “que en los veintiséis meses que yo he estado con él, Luciani no ha pasado nunca veinticuatro horas en cama, no ha pasado nunca una mañana o una tarde en cama, no ha tenido nunca un dolor de cabeza o una fiebre que le obligase a guardar cama, nunca. Gozaba de una buena salud; ningún problema de dieta, comía de todo cuanto le ponían delante, no conocía problemas de diabetes o de colesterol; tenía sólo la tensión un poco baja”.

Sin embargo, a Juan Pablo I se le hinchaban los tobillos. Sobre esto, el doctor (Antonio) Da Ros dijo al mensuario 30 Giorni: “Para mí que no los tenía tan hinchados. Una persona que está todo el día sentada, que lleva una vida sedentaria, puede sufrir cierta disminución de las funciones del aparato circulatorio. Nos habíamos puesto de acuerdo para que todos los días diera un paseo por el jardín”.

Es preciso señalar aquí una circunstancia no menor: Juan Pablo I había querido que fuera Da Ros quien continuara a cargo de su atención médica. Al respecto, el periodista veneciano Camilo Bassotto, amigo de Luciani, afirma: “Juan Pablo I pensaba seguir con el doctor Da Ros como médico personal y pensaba incluirlo en la nómina dentro del Vaticano; el doctor Da Ros fue ignorado como médico personal de Juan Pablo I por los médicos del Vaticano, que ni siquiera quisieron conocer su historial clínico. Por tanto, con este extraño modo de proceder, se emitió el diagnóstico oficial sobre la muerte del papa Luciani”.

Unos días antes de su fallecimiento, el semanario sensacionalista italiano OP publicó un artículo titulado “Santidad, cómo está” en el que se afirmaba que “Juan Pablo no goza de buena salud”. Quien firmaba el artículo era su director, Mino Pecorelli, oscuro personaje, arrepentido de la P2 y vinculado al turbio mundo de los servicios de inteligencia. Se lee allí que “Juan Pablo I no goza de óptima salud, aunque en el fondo tenga la fibra notoriamente robusta del campesino véneto. Enfermedades viejas y nuevas se han sedimentado lentamente sobre su persona haciéndole fatigoso y difícil el sumo encargo del que lo ha investido el Cónclave. Noticias filtradas por fuentes vénetas y vaticanas dicen que Albino Luciani, joven seminarista, sufrió una tuberculosis. Hoy está clínicamente curado, pero como dicen los médicos de la Escuela Salernitana, ‘una vez tísico, siempre tísico’”. Se hacía mención además de que el Papa padecería supuestas dificultades digestivas y una afección en los ojos producida por el reflejo del agua de los canales venecianos [sic]. A todo esto, según el autor, se le sumaba un ambiente decididamente hostil hacia el nuevo pontífice.

El 20 de marzo de 1979, Pecorelli sería asesinado de un tiro en la boca.

En una audiencia pública, el propio pontífice afirmó: “El papa que les habla ha estado ocho veces en el hospital, con cuatro operaciones”. En un artículo firmado por Giacomo Galeazzi en la edición de La Stampa del 19 abril de 2012 se lee: “Entre las personas que se preocuparon después de ver a Luciani en esos días estuvo también Giulio Andreotti. Él, quien junto con los ministros Gaetano Stammati y Tina Anselmi le dio la bienvenida al Papa a Letrán en el Salón de la Firma de los Tratados, dijo: ‘Su aspecto nos impresionó. Era terroso, casi deshecho, completamente diferente del optimista sonriente de la primera semana. Pensamos que eran los trabajos a los que estaba sometido. Durante la misa notamos la creciente palidez y el sudor que continuamente le adornaba la frente’. Según el testimonio del médico Joseph Geraud antes de ingresar al Sulpiziani y presente en la reunión como canon de San Giovanni in Laterano: ‘Si hubiera sido el médico del Papa, le habría ordenado que se metiera en la cama de inmediato’. Para él, las de Luciani “eran las manos de un condenado”. El cardenal Fiorenzo Angelini, también presente, dijo: ‘Había notado los tobillos muy hinchados del Papa. Un ilustre clínico me señaló el grave riesgo que el Papa correría en estas condiciones’. ‘Yo también estuve allí. Digo que es cierto que el Papa estaba sudando y emocionado, pero ¿quién no lo habría estado? Fue la primera salida del Vaticano’”. […]

Un plan para asesinar al Papa

La edición de la prestigiosa revista alemana Der Spiegel del 10 de noviembre de 1997 contenía un artículo dedicado al caso de la muerte de Juan Pablo I. “Cantidad letal” (Tödliche Menge) es el título de la nota en la que se señalaba que “la fiscalía de Roma ha ordenado ahora una nueva investigación sobre aquel misterioso caso de muerte. No es la primera vez que los fiscales investigan sobre el caso del papa Luciani. Ahora un testigo misterioso sostiene que hace años llegó a saber por un conocido detalles que se refieren al homicidio del popular pastor de la Iglesia. Que el hombre recién ahora se haya presentado en los palacios de justicia probablemente tiene que ver con una serie de artículos aparecidos en el periódico La Padania. El fiscal Pietro Saviotti, que ha reabierto el caso de la muerte del Papa en 1978, no quiere decir nada sobre las declaraciones del misterioso testigo: sería demasiado pronto”.

Cuando a mediados de 2019 la última versión sobre el envenenamiento de Luciani cobró notoriedad, luego de que Anthony Raimondi, el gángster que asegura haber participado en el asesinato de Juan Pablo I con cianuro, prestara su testimonio para este libro, se le hizo a la doctora Petri una nueva consulta para esta investigación. “BASURA” fue su respuesta —por medio de un correo electrónico— respecto del relato de Raimondi.

“Desentierre el cuerpo de Juan Pablo I y encontrará rastros del veneno”, desafió Raimondi a Marina Artusa, que entrevistó para este libro al estadounidense de familia siciliana quien, más de cuarenta años después de la muerte de Juan Pablo I, da una versión de novela policial sobre el modo en el que Albino Luciani habría muerto. Raimondi, de 66 años —la misma edad que estaba por cumplir Juan Pablo I cuando falleció—, dice que hubo un plan para asesinarlo del cual él habría formado parte.

Funeral de Juan Pablo I en la Plaza de San Pedro (Photo by Greg Mathieson/Shutterstock)

En su libro When the Bullet Hits the Bone (Cuando la bala da en el hueso), Raimondi cuenta que Luciani fue asesinado porque había descubierto una red delictiva de miembros del Vaticano, integrada por curas, obispos y cardenales —de algunos de los cuales el supuesto sicario dice ser primo— que estafaban con acciones falsas de grandes compañías. “Juan Pablo I dijo que iba a excomulgar y a denunciar a todos los que estuvieran involucrados en el fraude”.

Cuenta Raimondi que fue un primo suyo, monseñor Paul Marcinkus, por entonces presidente del Banco Vaticano, la mano asesina que envenenó al Papa.

El interés por las memorias de Raimondi, que generan tanto magnetismo como escepticismo, motivó la aparición de una serie en podcast, The Enforcer (El ejecutor), que ya lleva seis capítulos a lo largo de los que Raimondi —quien dice ser sobrino del mítico mafioso Lucky Luciano y asegura haber sido parte del legendario clan Colombo, reyes de la Cosa Nostra en Nueva York en los años setenta y ochenta— profundiza lo que cuenta en el libro. Su número de celular figura en una página web, Gangster Cigars, que vende online cigarros de Cuba bautizados con nombres de famosos bandidos del hampa y asegura que se decidió a hablar porque su vida cambió cuando se enfermó de cáncer […].

Según su relato, desde el Vaticano le llegaba una caja con acciones falsas cada dos o tres semanas. “Con mis contactos, las colocaba en Chicago o en Nueva Jersey y luego les mandaba el dinero al Vaticano”, dice.

“Unos años después, Pablo VI murió y ellos tuvieron una reunión con Juan Pablo I, quien les dijo que no solo iba a excomulgar sino también a denunciar a todos los que estuvieran involucrados en el fraude —cuenta—. Entonces, llamaron a mi abuelo, Antonio Raimondi, que era uno de los jefes de la mafia en Sicilia. Mi abuelo me pidió que fuera al Vaticano con una advertencia: había que deshacerse del Papa, pero en paz, sin violencia”.

Raimondi habla rápido y reconstruye escenas detalladamente: “Una vez allí les dije cómo hacerlo. El Papa tomaba un té todos los días, antes de irse a dormir. ‘Pongan valium en su té’, les dije. Marcinkus lo hizo. Luego, cuando el Papa estaba bien dormido, cargó un gotero con cianuro, se lo apoyó en los labios y lo vació. Yo no quise estar en la habitación en ese momento”.

—¿Usted puede probar lo que cuenta en su libro? ¿Guardó pruebas o documentos?

—No teníamos ni debíamos dejar ningún documento, ningún papel. Seamos serios. La única prueba es que, si usted desentierra ese cuerpo y le hace estudios, lo encontrará. Encontrará el veneno. […]

—¿Se cruzó alguna vez con el papa Luciani?

—No. Pero llegó luego Juan Pablo II y me dijeron que también íbamos a tener que eliminarlo. Les dije: “Son unos locos de mierda. ¿Se van a dedicar a matar papas?”.

Raimondi se apasiona cuando cuenta su historia: “Volví a viajar en un jet privado al Vaticano. Me alojaron y me ofrecieron lo que quisiera: mujeres, drogas, lujo. Ellos también lo tenían. Juan Pablo II sabía que habían matado a Juan Pablo I y dijo: ‘Todo lo que haya sucedido antes de mi papado, será olvidado. Mi preocupación es de ahora en más’. Por eso se salvó. Me dijeron, pero esto no sé si es cierto, que Pablo VI estaba al tanto del fraude”. […]

La muerte por ingestión de cianuro presenta las siguientes características: dolor de cabeza, somnolencia, vértigo, ritmo cardíaco rápido y débil, respiración acelerada, enrojecimiento facial, náuseas y vómitos. A estos síntomas se le agregan convulsiones sumadas a una sensación de quemazón interna y ahogo. En el último tramo —y más agudo— del envenenamiento, las pulsaciones se vuelven lentas e irregulares, la temperatura corporal comienza a descender, los labios, la cara y las extremidades toman un color azulado, lo que provoca que el individuo caiga en coma y muera.

Es evidente que la descripción del cadáver de Juan Pablo I en el momento de ser encontrado por sor Vincenza —el cuerpo plácidamente recostado sobre almohadones, el rostro con una sonrisa, los papeles entre sus dedos— no se corresponde con la sintomatología causada por una intoxicación por cianuro. […]

¿Natural o provocada?

El cuerpo de Juan Pablo I fue tratado por los mismos médicos legistas que, pocas semanas antes, habían preparado los restos de Pablo VI. Según la información oficial, Luciani fue sometido a un proceso de conservación en la Stanza dei Foconi, junto a la Sala Clementina, en la segunda logia del Palacio Apostólico. No se le extrajeron las vísceras ni los órganos ni la sangre, lo cual se contradice con lo expresado por el secretario del Papa, quien sostuvo: “El primer día [los embalsamadores, hermanos Arnaldo y Ernesto Signoracci] retiraron partes del cuerpo, posiblemente las treinta y nueve vísceras”. Según Diego Lorenzi, la operación comenzó al atardecer del 29 de septiembre —a eso de las 19— y terminó a las 3.30 de la madrugada del día siguiente.

Por todo esto es que el cardenal brasileño Aloísio Lorscheider sostuvo: “Las sospechas siguen en nuestro corazón como una sombra amarga, como una pregunta a la que no se ha dado respuesta”.

Pía Luciani confesó tiempo después del fallecimiento de su tío que “personalmente pensé enseguida en una embolia como causa de la muerte. Había habido, en efecto, un precedente”.

Respecto de la causa del fallecimiento de Juan Pablo I, el libro de Stefania Falasca detalla que Renato Buzzonetti había sido nombrado coauditor romano del doctor Da Ros, quien mantuvo su condición de médico personal del Papa aun cuando residía en Vittorio Veneto. Afirma Falasca que el día 9 de octubre de 1978, el doctor Buzzonetti recibió un requerimiento de parte del sustituto de la Secretaría de Estado, Giuseppe Caprio, en el que le solicitaba un informe preciso sobre el parte médico. En su respuesta inmediata, Buzzonetti dice: “Excelencia Reverendísima, en vía absolutamente reservada, haciéndolo de algún modo partícipe del secreto profesional que vincula mi conciencia de médico, le transmito el informe en mérito a la constatación de la muerte de Su Santidad Juan Pablo I […]: ‘En lo que se refiere a la causa presumible del deceso, deben tenerse en cuenta todos los datos objetivos aquí expuestos y, en particular, la disposición de las manchas hipostáticas. […] Se sostiene que sea tratado como ‘muerte súbita’. La rapidez del evento-muerte aparece constatada por los datos circunstanciales y por el comportamiento del cuerpo (post mortem) que evidenciaba en el paso de la vida a la muerte que no hubo una sintomatología de alarma o malestar y que no hubo agonía. Tratándose de una muerte súbita (clasificable en la categoría de las muertes instantáneas o inmediatas) ésta, por definición, es siempre ‘natural’. La causa más común de muerte natural, imprevista e inesperada en los adultos está representada por las enfermedades cardiovasculares. Entre éstas, la causa específica más comúnmente identificada es la cardiopatía isquémica de arterioesclerosis coronaria. Cuando la muerte imprevista es definida como muerte instantánea y se produce en no más de una hora del inicio de los síntomas, en el 80/90 por ciento de los casos la causa es el paro circulatorio por enfermedad cardiovascular. En el hombre [cerca del 90 por ciento] de las muertes imprevistas de causa cardiovascular es atribuida a las coronopatías. […] Datos indicados por parte del padre J. Magee delante del lecho de muerte del Santo Padre. Los datos en cuestión eran:

“La familiaridad en orden a las muertes súbitas (en la familia del Papa se habían registrado algunas muertes de este tipo: la noticia es genérica);

“Un progresivo espasmo (o tromboembolia) de la vena central de la retina del ojo izquierdo, ocurrido años antes, obligó al por entonces cardenal Luciani a una internación en el Hospital de Mestre;

“El uso (¿cotidiano?) de Gratusminal, un preparado oral a base de sedantes blandos y de pequeñas dosis de estrofanto; […]

“El episodio del dolor localizado en el tercio superior de la región esternal sufrido por el Santo Padre alrededor de las 19.30 del día de su muerte, que duró unos cinco minutos, mientras el Papa estaba sentado […] y que desapareció sin ninguna terapia. […] el examen objetivo del cuerpo […] el edema de los miembros inferiores no reciente, las específicas circunstancias del deceso […] convergen en una causa de muerte inherente al aparato cardiovascular y, en particular, a la cardiopatía isquémica de la cual el infarto de miocardio es la más grave expresión”.

El Gratusminal es un medicamento que contiene la droga fenobarbital, un barbitúrico utilizado como sedante o hipnótico y también como antiepiléptico. El estrofanto es una hierba que se usa medicinalmente para tratar la arteriosclerosis.

En ese mismo informe se trata la ventilada idea de solicitar la autopsia, antes de formular el diagnóstico. Con tal fin, el doctor Buzzonetti consultó telefónicamente al abogado Vittorio Troncchi, secretario general de la Gobernación del Vaticano, quien excluyó la posibilidad en modo categórico. Como se expresó antes, el médico debió redactar y firmar un nuevo certificado de defunción contra su voluntad. Él sabía que lo que allí se afirmaba era un diagnóstico del que no tenía certeza. […]

Falasca recogió además las consideraciones que el profesor Giovanni Rama expresó en 1988: “El papa Luciani era tendencialmente hipotenso y en la familia había una predisposición a episodios de trombosis —nada más verosímil que haya tenido una trombosis cardíaca o cerebral… Para mí no hay ninguna duda clínica: murió por el mismo problema circulatorio que había afectado a la retina del ojo… Esta vez el afectado ha sido el corazón o el cerebro”.

El profesor Mario Fontana, otro de los médicos que llegó a la habitación de Juan Pablo I cuando Buzzonetti ya estaba allí, también elaboró un informe. Falasca rescata algunos pasajes de su testimonio: “El examen externo del cadáver que se me permitió realizar […] excluye la presencia de equimosis, excoriaciones u otras lesiones traumáticas, por lo tanto, avalo el diagnóstico del colega Buzzonetti de ‘muerte súbita por infarto de miocardio agudo’. Es por todos sabido que la patología que, entre muchas causas de la muerte súbita, figura en primer lugar es la arterioesclerosis de las coronarias, que puede desencadenar una taquicardia o una fibrilación ventricular o provocar una asistolia por un paro de la conducción auriculoventricular”.

Los meses y años posteriores al fallecimiento de Juan Pablo I fueron tiempos de indagatorias —públicas y secretas— a distintos niveles, para buscar consensos acerca de la causa de su muerte temprana con el fin de erradicar sospechas y especulaciones. Por eso, al poco de tiempo de producido el deceso, la Secretaría de Estado llegó a consultar a un panel de expertos para determinar si la observación de cadáver permitiría excluir lesiones traumáticas y si la muerte súbita era siempre una muerte natural. […]

El sustituto de la Secretaría de Estado, Giuseppe Caprio, fue la persona que, después de las religiosas y los secretarios papales, más contacto tuvo con Juan Pablo I durante los treinta y tres días de su papado. Interrogado por Andrea Tornielli sobre el diagnóstico del doctor Buzzonetti y el comunicado que hablaba de un infarto agudo de miocardio como la causa de la muerte del Papa, contestó: “Yo desde luego no puedo juzgar lo que dijo Buzzonetti. Pero si yo hubiera estado presente, no lo habría llamado a él. No sabía nada; no tenía ninguna información sobre la salud del Papa, ni las medicinas que tomaba. Comprendo que este ‘famoso’ comunicado pudiera dar motivo a las discusiones”.

Polémica sin fin

[…] “Mire usted, la muerte fue instantánea y sin dolor. Tal forma de muerte no encaja con la teoría del infarto de miocardio. Hay documentos que atestiguan que Luciani sufrió una embolia en el ojo en 1975. También sabemos que tenía los tobillos extraordinariamente hinchados… Lo que es más probable es que sufriera una embolia pulmonar la noche en cuestión y como resultado la muerte fue instantánea”, era la hipótesis de Joaquín Navarro Valls, [médico psiquiatra español que fue director de la Sala de Prensa del Vaticano entre 1984 y 2006].

En 2015, el papa emérito Benedicto XVI dio su testimonio sobre el día en el que murió Juan Pablo I: “Estaba durmiendo en la residencia del arzobispado de Quito. En un momento me desperté en plena noche, escuché que se abría la puerta y que entraba alguien. Cuando encendí la luz, vi a un monje con el hábito marrón. Parecía un misterioso mensajero del más allá, a tal punto que dudé de estar verdaderamente despierto. Entró y me dijo que había recibido la noticia de que el Papa había muerto. Inicialmente no lo podía creer, pero luego no dudé de la veracidad de la información”.

Sobre el motivo que provocó la muerte de Albino Luciani, Benedicto XVI dijo: “Desde el principio, consideré insensatos los rumores que comenzaron a circular sobre una muerte violenta del Siervo de Dios. Las informaciones oficiales para mí eran y son plenamente creíbles y convincentes”.

Estudiosos y vaticanistas coinciden en la dificultad que siempre tuvo la Iglesia para hablar de Juan Pablo I, un papa prácticamente desconocido para la misma Santa Sede por la brevedad de su pontificado. […]

Oficialmente, la muerte de Albino Luciani, a los 65 años, fue natural, pero los rumores que especulaban acerca de un complot en su contra surgieron inmediatamente.

Uno de los primeros en expresar dudas sobre lo sucedido fue el cardenal Ugo Poletti, que dijo: “En la última audiencia que tuve con él, ocho días antes de su muerte, lo encontré́ particularmente angustiado, tanto que yo mismo quedé afectado. Me quedó dentro un nudo de dolor y de preocupación por su resistencia física tal que, al amanecer del 29 de septiembre, cuando me enteré del luctuoso suceso, me sentí dolorido, pero no sorprendido”.

Las hipótesis de un asesinato, alimentadas por algunas discrepancias en las declaraciones testimoniales de los secretarios vaticanos sobre las últimas horas de vida del Papa y sor Vincenza, sembraron incertidumbre.

Las teorías de conspiración que se difundían apuntaban a la supuesta actividad de la masonería del Vaticano, encabezada por el cardenal Jean-Marie Villot y vinculada a los asuntos del IOR —el banco vaticano— y el Banco Ambrosiano. No era un secreto, por otra parte, que había cardenales decididamente opuestos a las intenciones reformadoras de Luciani y a sus aperturas hacia el mundo comunista. […]

Conclusiones

[…] La profusión de libros y artículos que han analizado el caso de la repentina e inesperada muerte de Juan Pablo I no ha hecho que más que ahondar las controversias, las dudas, las sospechas y las teorías conspirativas. De los libros publicados, el de Stefania Falasca —prologado por el secretario de Estado, Pietro Parolín, dato no menor— es el que contiene el mayor y mejor aporte porque reproduce documentos oficiales. Es el contenido de esos documentos lo que, lejos de acallar las dudas, las corrobora, ya que allí el doctor Buzzonetti reconoce que se firmó un certificado de defunción sin un diagnóstico de certeza debido a que a Juan Pablo I no se le realizó la necropsia, como habría correspondido. Al no haber testigos del hecho, la muerte súbita de Juan Pablo I está rodeada de misterios.

Como quedó dicho, la descripción que hizo sor Vincenza acerca de cómo encontró el cuerpo sin vida del Sumo Pontífice no arroja ninguna evidencia compatible con una muerte violenta o producida por cianuro. Pero una sobredosis de nitroglicerina sí puede causar el deceso de una persona sin dejar signo alguno de violencia. Por eso, al Papa debió habérsele practicado no solo una autopsia sino también un análisis toxicológico para establecer la verdadera causa de su fallecimiento e investigar la presencia o no de sustancias medicamentosas —o de otro tipo— que pudieran estar asociadas con su deceso. El paso del tiempo y la ausencia de esos procedimientos no han hecho más que alimentar las dudas y las intrigas que, seguramente, perdurarán por y para siempre.

[Extractado de “La salud de los Papas”, de Nelson Castro. Sudamericana, 2021]

Tomado de Infobae