El atroz secreto del millonario: su esposa desaparecida, un crimen sin cadáver y el detector de mentiras que reveló el horror

Cuando Adrian Prout (47) fue a denunciar, el 10 de noviembre de 2007, a la policía de Redmarley, Gloucestershire, Gran Bretaña, que su mujer había desaparecido, hacía ya cinco días que Kate (55) no estaba en su casa de campo.

Millonario, de mediana edad, seguro de sí mismo, emprendedor hombre de negocios, conocido vecino de la zona… Prout tenía demasiado que perder como para haberle hecho algo a Kate, decían todos. Sus vecinos, familiares y amigos estaban convencidos de que era imposible que él tuviera algo que ver con la misteriosa ausencia de su mujer.

Adrian Prout era dueño, junto a su mujer Kate, de un importante coto de caza. El matrimonio ya estaba roto cuando ella despareció. Los investigadores lo acusaron del asesinato, a pesar de que el cuerpo no se había hallado. Su familia y vecinos clamaban por su inocencia. Pero un día cayó en su propia trampa y contó la brutal verdad.

Ese hombre encantador podía ser cualquier cosa menos un asesino.

Nace una pareja

Kate provenía de una familia de granjeros ingleses. Era maestra de escuela cuando, en 1999, luego de morir su padre, heredó. Decidió jubilarse anticipadamente. Vendería las cabañas y ya no precisaría trabajar. Por fin, podría dedicarse a lo que más le gustaba: las plantas, los animales y los arreglos florales. Se trasladó al campo con uno de sus dos hermanos. A sus 48 años, alta, rubia, de ojos verdes e intelectualmente preparada, Kate era muy atractiva. Fue, en esa época, que conoció a un vecino del campo: Adrian Prout.

Unos ocho años más joven que ella, Prout estaba atravesando una etapa difícil. Acababa de terminar una larga relación y tenía una hija adolescente. Ted, uno de los hermanos de Kate, lo autorizó a vivir temporalmente en una casa rodante dentro de su propiedad. En agradecimiento a eso, Prout los ayudó con la producción. Ted apreciaba a Prout. Le parecía un excelente hombre de negocios, con mucho empuje.

Prout y Kate congeniaron enseguida. Se enamoraron y, en septiembre del 2000, se casaron. Compraron una linda casa donde vivieron durante cuatro años.

Un día los sorprendieron con un excelente ofrecimiento económico por su vivienda. Aceptaron, la vendieron y decidieron concretar un sueño. Invirtiendo más dinero lograron comprar 115 hectáreas en las afueras de Redmarley, uno de los lugares más lindos de la zona. La pareja se mudó a Redhill Farm en el año 2004. Habían tenido que desembolsar la suma 1.200.000 dólares, pero la inversión valía la pena.

La idea era que Prout explotara el campo, siguiera con su empresa de tuberías y organizara cacerías de faisán para los ricos terratenientes de Gran Bretaña. Poco a poco, sus cotos de caza se hicieron muy populares. Kate se ocupaba de las relaciones públicas y del catering para esas reuniones.

Debbie, la mujer que se enamoró de Prout y defendió su inocencia frente a todos.

Tensiones en aumento

Al principio, todo anduvo bien. Cuando Laura, la hija de Prout de su primer matrimonio, de 17 años, fue a vivir con ellos, comenzaron las tensiones. El novio de Laura también pasaba mucho tiempo con el matrimonio. Un día, allá por el año 2006, Kate se esmeró y preparó un gran almuerzo para los cuatro. A último momento, Laura y su novio, decidieron ir a almorzar a otro lado. Cosas de adolescentes que enfurecieron a Kate. Explotó y les dijo en la cara todo lo que venía guardando. La discusión fue tan fuerte que Laura resolvió no volver a vivir al campo.

El encono se trasladó a la relación de Prout y Kate. Las peleas empezaron a ser frecuentes y muy álgidas. A tal punto, que un día Prout empujó a Kate contra una camioneta y hundió la chapa. Ella armó un bolso y se fue a lo de su hermano, Richard Wakefield. Como suele suceder en muchas parejas, unas semanas después se arreglaron y Kate volvió con su marido.

El primero de febrero de 2007, Kate llamó de nuevo a su hermano Richard: Prout había sido arrestado por un incidente de violencia doméstica. Se habían peleado de manera brutal, se habían tirado los platos por la cabeza y habían continuado a los empujones en el jardín. Todo terminó con Prout sosteniéndola del cuello sobre la pileta vacía. ¡La había amenazado con dejarla caer! La pareja se acusó mutuamente, pero no había testigos. El tema terminó en la nada.

Kate vivió, por algún tiempo, con su hermano Richard y su mujer Linda. Les contó un poco más sobre su marido y su conducta controladora. Se quejó de que, a pesar de que la propiedad era de los dos, él no le pasaba un centavo. Cada vez que quería algo, debía pagarlo con su jubilación. Richard y Linda se dieron cuenta de que ese matrimonio estaba terminado. No sabían que Kate seguía en contacto con Prout.

Dos meses después del incidente de la pileta, Prout convenció a Kate para que volvieran a hablar. Quería arreglar las cosas. Kate fue y se reconciliaron, pero la felicidad duró solo una noche. Las discusiones encendidas volvieron. La diferencia era que Kate, esta vez, no quería irse, estaba decidida a proteger sus intereses financieros.

El verano que siguió (julio y agosto de 2007) fue tumultuoso. Para intentar salvar la pareja, Kate planeó un romántico viaje a Italia con Prout. Sería en octubre. A último momento, su marido le dijo que no podía ir. Kate se fue con su cuñada. Para dejar organizado a Prout le encomendó a una mujer, Diane Bellamy, que se ocupara de los perros, las plantas y la casa.

Cuando Kate volvió, empezó a sospechar que Diane tenía un affaire con su marido. Un día, en el pub Rose and Crown, tomando algo con amigos y clientes de Prout, Kate se emborrachó y empezó a ventilar sus angustias. Habló a los gritos de sus sospechas sobre el romance de Prout con Diane y criticó a su hija Laura… Prout quiso frenar su catarsis, pero ella le dio un sopapo delante de todos. La fiesta se terminó y Kate tuvo que pasar la noche en la casa de un vecino.

Empezaron a hablar de divorcio. Kate buscó asesoramiento legal e hizo tasar el campo. Ahora valía mucho más: 1.840.000 dólares. Prout le ofreció 850.000 dólares y manutención. El 4 de noviembre de 2007, ella le dijo que no; que ella quería 1.130.000 dólares. Le explicó que eso era lo justo. Prout montó en cólera: para darle ese dinero tendría que vender el campo que habían comprado tres años y medio atrás. Eso era una opción para él. No pensaba hacerlo.

¿Dónde está Kate?

El pueblo donde vivían era tranquilo y los vecinos querían mucho a Kate. A principios de noviembre de 2007, debido a que Richard no estaba pudiendo comunicarse por teléfono con su hermana, le pidió a un amigo en común que vivía muy cerca, que fuera a verla a Redhill Farm. El amigo fue y encontró la puerta sin llave y el auto de Kate estacionado. No estaban ni Kate ni Prout y ninguno respondía los celulares.

Richard fue hasta allí a reunirse con su amigo y esperó a su cuñado. Cuando llegó, Prout le confesó que hacía días que no veía a Kate. Richard se sorprendió con la respuesta y la falta de emoción que demostraba. Prout se defendió diciendo que no la había buscado porque no consideró nunca que estuviera desaparecida. Recién entonces, por exigencia de Richard, Prout fue a la policía a denunciar el hecho.

Se montó una gran búsqueda en Redhill Farm y sus alrededores. No encontraron un solo rastro de Kate.

La última vez que alguien la había visto había sido el lunes 5 de noviembre de 2007, en una verdulería de Ledbury. A las 15.29 del mismo día, Kate había llamado a su banco First Direct. Eso era todo. Después, silencio total.

La buscaron los mismos perros que, unos meses antes, habían rastreado a la pequeña inglesa Maddie McCann que había desaparecido en Praia da Luz, Portugal. Decenas de policías peinaron los terrenos. Usaron helicópteros que llevaban cámaras infrarrojas y buzos tácticos policiales para fondear las lagunas. Era insólito. Kate se había ido sin llevarse nada: ni joyas, ni ropa, ni plata, ni tarjetas de crédito, ni su auto. La policía sospechaba de Prout, pero necesitaban pruebas.

El 27 de noviembre de 2007, fue arrestado. Ese mismo día realizaron una segunda búsqueda con helicópteros con sensores térmicos, pero ante la ausencia de evidencia, al día siguiente fue liberado sin cargos.

Amor ciego

Mientras la policía investigaba, Prout seguía con su vida. Un mes después de la desaparición de Kate, en un pub de Staunton, conoció a Debbie Garlick, de 41 años, una mujer divorciada con dos hijos.

El 19 de febrero de 2008, fue arrestado por segunda vez por ser sospechoso de asesinato, pero fue dejado en libertad bajo fianza.

Con Debbie siguieron viéndose con frecuencia y, en mayo de 2008, empezaron a salir de manera formal. Ella le había creído desde el primer día: él era inocente y la policía y la justicia pretendían equivocadamente incriminarlo. Lo mismo pensaban los vecinos: al pobre Prout no solo lo había abandonado su mujer, también le querían indilgar su asesinato.

En febrero de 2009, la policía le informó a Prout que ya no era más un sospechoso. Él se mostró feliz con la noticia y convenció a Debbie para que se mudara a vivir a Redhill Farm.

La felicidad fue efímera. Tres semanas después, el 10 de marzo de 2009, la policía tocó la puerta de la casona. Venían a arrestarlo por el asesinato de Kate. Estuvo encarcelado un mes y fue liberado bajo fianza.

Un juicio sin cuerpo

La investigación continuó en silencio. Los investigadores de homicidios tenían la íntima convicción de que él había cometido el crimen y había ocultado el cuerpo. Sobre todo, porque habían encontrado en el auto de Kate su diario personal, donde contaba con detalles la violenta relación que tenía con su marido. También escribió allí que él le había dicho que no la quería más.

Los hechos se habrían precipitado cuando, el 5 de noviembre de 2007, Kate sacó del banco 21.000 dólares y no quiso aceptar, en las tratativas del divorcio, el ofrecimiento económico de Prout.

La imputación formal del crimen en marzo 2009, no impidió que la relación entre Prout y Debbie siguiera adelante. Con él libre bajo fianza se comprometieron en junio de ese año. Debbie ya estaba embarazada.

El 7 de enero de 2010, luego de un parto programado, nació su hija Evie. A pesar de las feas sospechas que flotaban sobre Adrian Prout, habían reconstruido la postal de una familia feliz.

El juicio, que se prolongó durante tres semanas, comenzó el 21 enero de 2010. Prout se proclamó inocente. Debbie asistió con la pequeña beba en brazos. Nadie duda hoy de que el embarazo fue calculado por Prout para conmover a sus detractores y alentar a sus defensores. Adrian Prout se mostraba como un buen padre, un buen marido.No lo logró. Los oficiales de la investigación consiguieron convencer al fiscal de que todos los indicios apuntaban hacia él.

El 5 de febrero de 2010, fue sentenciado a prisión perpetua, con la obligación de pasar un mínimo de 18 años tras las rejas. La sentencia le impidió usufructuar del testamento que había hecho Kate a su nombre.

Un juicio y una condena sin haber hallado el cuerpo era toda una hazaña. La familia de Adrian Prout, los vecinos, los amigos y su novia seguían sin creer que él la hubiera matado. Defendían con vehemencia su inocencia y repetían una frase: “Sin cuerpo, sin pruebas, sin justicia”.

Confesión tardía

Los que lo rodeaban aunaron esfuerzos para intentar sacarlo de la cárcel. Laura, la hija del primer matrimonio de Prout, abrió una cuenta grupal en Facebook a la que encabezó diciendo: “Una bebé de cuatro meses y Laura han perdido a su padre por mentiras”. La hija del primer matrimonio de Debbie Garlick, Jade, hizo algo parecido y armó una página a la que llamó Adrian Prout. Llegaron a juntar casi 500 firmas para su liberación.

Debbie, abrazada a su hija Evie (él le había jurado por la recién nacida que no había cometido crimen alguno), también hacía campaña. Ofreció 14 mil dólares como recompensa para quien pudiera aportar información para probar la inocencia de su pareja. El dinero ofertado era de Debbie, lo había heredado de su padre. Estaba desesperada por limpiar su nombre. En pos de conseguir su exoneración, convenció a Prout para que se sometiera, en prisión, a un detector de mentiras. Lo desafió y le dijo que, si era inocente, no tenía nada que perder. Prout, acorralado, aceptó. Debbie contrató a un experto del polígrafo, Don Cargill, quien se trasladó hasta la prisión de Garth, en Lancashire.

La búsqueda del cuerpo fue seguido por la tevé británica.

Cargill le explicó a Prout cómo lo iba a monitorear: le tomaría las pulsaciones, la presión sanguínea, miraría su transpiración y controlaría su respiración mientras el recluso respondía a sus preguntas. Prout le admitió: “Lo haré por Debbie”.

Cargill le hizo tres preguntas: si había matado a su mujer, si había arreglado con alguien para que lo hiciera y si sabía dónde estaba el cuerpo.

A cada pregunta, él respondió: -No.

El equipo señalaba que Prout estaba mintiendo.

Cargill, entonces, le dijo: -Estoy mirando a un asesino.

Prout respondió: -No realmente.

Cargill le preguntó a Prout si estaba queriendo decir que el test y la máquina estaban equivocados. Prout se quebró y reconoció que no, que no estaban equivocados.

El experto salió de la prisión y, de inmediato, llamó a Debbie Garlick para darle las novedades: Prout era culpable, había fallado con el detector de mentiras.

Debbie, que siempre lo había apoyado, quedó estupefacta. Ahora se debatía sobre lo que debía hacer. Fue a ver a Prout y le exigió respuestas: -Si le hiciste algo, necesitamos saberlo ahora, así su familia puede darle un apropiado entierro.

Él, ácidamente, contestó: -Lo tuvo.

Debbie no podía creer lo que le decía. Pensó que había escuchado mal, que lo había malinterpretado. Se fue angustiada.

Pasadas unas semanas, se decidió y llamó a los encargados de la investigación. Les contó todo: la falla con el detector de mentiras y sus dichos. Los detectives de homicidios volvieron a interrogar a Prout y, por fin, consiguieron la tan anhelada confesión. Prout aceptó haberla matado. Ahora, tenía que decirles dónde estaba el cuerpo.

El 18 de noviembre de 2011, los detectives de homicidios fueron con él hasta la propiedad familiar Redhill Farm. Llegaron a las 11.30 de la mañana a lo que había sido su casona de campo. Prout bajó esposado del auto policial y lo pasaron a otro vehículo con el que entraron a la zona boscosa. Los guió hasta un coto de caza de faisanes y les señaló el área dónde había enterrado el cuerpo de Kate.

Todo el proceso los había llevado 35 minutos. A pesar de las indicaciones, a los policías les insumió cinco días encontrar el cadáver.

El 24 de noviembre, comunicaron oficialmente haberlo hallado y fue identificado al día siguiente.

La familia de Kate pudo llevar a cabo el demorado funeral en enero de 2012. Habían pasado cuatro años y dos meses desde su homicidio. Para entonces, Debbie, ya había dejado con su hija la siniestra casa de campo.

Jade, la hija mayor de Debbie de 18 años (que había tenido una buena relación con Prout), le preguntó al asesino por qué había aceptado hacerse el test si era culpable. Él le respondió que había creído que podía ganarle al polígrafo.

Su arrogancia lo había traicionado.

La verdad no tiene remedio

Lo que pasó aquel lunes 5 de noviembre de 2007 pudo reconstruirse de la siguiente manera.

Alrededor de las 17.30 habría empezado la discusión entre Kate y él, en uno de sus lodges de caza de la propiedad. Prout se estaba preparando para una cacería de faisanes con clientes que tendría lugar al día siguiente. Kate amenazó con incomodarlo frente a sus clientes, le dijo que lo dejaría en ridículo si no acordaba darle lo que ella quería. Prout, enojado, le rebatió que no pensaba vender el campo para darle el dinero que pedía. Ella, entonces, le habría recriminado que esa propiedad se había adquirido con gran parte de la herencia de su padre.

La discusión escaló hasta que Prout la tomó del cuello con sus dos manos y apretó con todas sus fuerzas. Él dijo no saber si fueron quince segundos o más. Kate cayó al suelo sin resistirse. Una vez en el piso, ya no se movió. Prout se dio cuenta, al instante, de que la había matado. Ahora, ya no tendría que dividir su fortuna ni darle nada.

Fue hasta la casa principal, se sentó en un sillón, se sirvió un whiskey y lo saboreó. Recién después volvió al lodge y envolvió el cuerpo de su mujer con una cortina y unos enormes plásticos blancos. Puso el cadáver en el baúl de su Land Rover y manejó hasta un pub. Se bajó a tomar unas cervezas.

Cuando volvió al auto ya estaba oscuro. Manejó hasta un área boscosa, en los límites de sus cotos de caza de faisanes, y con una pala cavó un pozo de un metro y medio de profundidad y otro tanto de largo. Enterró el cuerpo y listo. El problema estaba eliminado.

Debbie se siente tonta

En el juicio llevado a cabo en el 2010, Diane Bellamy, aquella mujer de la que Kate había estado celosa, negó haber tenido un affaire con Adrian Prout, pero admitió que él había querido besarla muchas veces. Declaró en el estrado que, después de la desaparición de Kate, un día encontró a Prout en el bar y le preguntó por ella. Él le respondió:

-Ellos se la llevaron lejos. No hagas más preguntas. No preguntes.

Volvió a verlo un día antes de que fuera arrestado. Lo vio asustado. Él le dijo de forma sorpresiva algo que le sonó muy sugerente:

-El que las hace, a la larga las paga.

Más claro imposible.

Debbie Garlick, la ex novia de Prout, hoy tiene 55 años. Ella le contó al medio Mail on Sunday sobre el shock que enfrentó cuando él le confesó la verdad.

“No había manera de que yo hubiera encubierto algo semejante. Muchas veces me sentí una tonta por haber creído en él con fe ciega. Pero no era la única que creía en él. Mi familia entera, su familia, nuestros amigos, el pueblo donde vivía… todos le creían. Era un hombre encantador, pero ahora veo que era calculador y frío. Lo que hizo fue pura maldad. Nunca lo podré perdonar. Aunque me cuesta, a veces, apagar mis sentimientos hacia él. Me la paso recordándome que no es el hombre que él me hizo pensar que era. Él sometió a la familia de Kate a un verdadero infierno (…) Al principio, yo no podía creer que esta persona de la que me había enamorado, pudiera haber asesinado y enterrado a alguien. Le dije a Prout que lo nuestro estaba terminado. ¿Cómo podía ser de otra manera? Pero él no lo aceptaba. ¡Él dejó un rastro de devastación que impactó en tantas vidas! En la familia de Kate, en la mía, en toda la gente que creyó en él. Y, por supuesto, también arruinó su propia vida”.

Prout le rogó a Debbie que no lo dejara luego de su confesión, pero esta vez Debbie fue inflexible.

Ella reconoció algo más. Cuando su hija nació, “los dos estábamos encantados con Evie. Ahora pienso que él me estaba usando para crear una imagen de familia feliz”.

Lo cierto es que sin la obsesión de Debbie porque su marido pasara por el detector de mentiras, no se hubiera llegado a la verdad.

Entre faisanes, rifles y billetes, entre sueños de grandeza y violentas peleas, Prout eligió la peor salida: convertirse en asesino.

No solo le quitó la vida a Kate, también lo perdió todo. ¿En qué momento la codicia inunda de tal manera el alma como para ahogarla?

Hoy, el ex poderoso hacendado inglés, tiene 61 años. Su campo, Redhill Farm, fue vendido por el hermano de Kate y el dinero destinado a un hospital de la zona y a los sobrinos. Su conveniente y calculada hija Evie, cumplió 11 años y ha crecido con su padre en la cárcel.

Tras los barrotes, el dinero ya no tiene valor alguno. Prout lo sabe muy bien, esos papeles de colores no pueden brindarle nada.

Tomado de Infobae