“Matushka Maria”, la fundamentalista cristiana que entrega en Rusia a los huérfanos secuestrados en Ucrania

Tía Ira, estoy en Rusia, me trajeron aquí los militares rusos. Te escribo en secreto, logré conseguir un teléfono por unos minutos. Mi madre ya no está viva, la mataron en un bombardeo. Dicen que soy huérfano. Pero no soy huérfano, te tengo a ti, tengo abuelos. Hay muchos niños como yo aquí. Dicen que quieren dejarnos en Rusia. ¡Y yo no quiero quedarme en Rusia! Tía Ira, sácame de aquí. Quiero ir a casa, a Ucrania”.

Este es el mensaje de WhatsApp que dejó un chico de la guerra ucraniano deportado a Rusia y puesto ilegalmente en el sistema de adopción de ese país. Lo leyó ante decenas de azorados diplomáticos, la última semana en la asamblea anual de la OSCE, Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, el jefe de la delegación ucraniana, Yevhenii Tsymbaliuk. En la misma condición de este niño hay al menos otros 2.161 menores que fueron sacados ilegalmente de su país y declarados “huérfanos sin familia” a pesar de que tienen familiares cercanos que los podrían criar y proteger. Y forman parte de los 232.400 chicos que fueron llevados en forma obligada a territorio ruso, muchos con sus familias, y otros que fueron separados de sus padres heridos en la guerra.

“Rusia lleva a cabo una política criminal consistente de deportar a nuestra gente. Deporta por la fuerza tanto a adultos como a niños. Este es uno de los crímenes de guerra más atroces. En total, más de 200.000 niños ucranianos han sido deportados hasta ahora. Son huérfanos de orfanatos. Niños con padres. Niños separados de sus familias”, dijo el miércoles en su tradicional mensaje de vídeo el presidente Volodymyr Zelensky.

“El Estado ruso dispersa a estas personas en su territorio, asienta a nuestros ciudadanos, en particular, en regiones remotas. El objetivo de esta política criminal no es sólo robar personas, sino hacer que los deportados se olviden de Ucrania y no puedan regresar. Pero también debemos encontrar una solución a este desafío. Y garantizar que todos los que mataron, torturaron o deportaron a ucranianos rindan cuentas”, agregó Zelensky.

“La inevitabilidad del castigo es un principio que Ucrania enseñará definitivamente a Rusia. Pero, en primer lugar, debemos enseñarle en el campo de batalla que Ucrania no será conquistada, que nuestro pueblo no se rendirá y que nuestros hijos no se convertirán en propiedad de los ocupantes”, aseguró el presidente ucraniano en el emocional mensaje.

Vladimir Putin firmó la última semana un decreto de urgencia para acelerar el proceso de entrega de la ciudadanía rusa a estos niños y para que sean entregados cuanto antes a familias rusas. También se reunió con la funcionaria responsable de todo este proceso, Maria Lvova-Belova, una cristiana ortodoxa fundamentalista de 37 años, casada con un sacerdote y madre de 17 chicos, 5 de sangre, 4 adoptados y 8 en custodia. El líder ruso le pidió a esta funcionaria que ostenta el título de Comisionada Presidencial para los Derechos del Niño en Rusia, que acelerara todo el trámite para “integrar” a los chicos ucranianos a su nueva sociedad rusa. Algo que está prohibido claramente por la Convención de Ginebra, la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño y de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y que constituye un “crimen de guerra”.

“De hecho, el presidente ruso legalizó el secuestro de niños ucranianos. Se trata de una política estatal de Rusia. Primero vienen a matar a los padres y luego se llevan a los niños”, denunció Tsymbaliuk mientras mostraba a sus colegas en la asamblea de la OSCE evidencias del robo de bebés y del traslado de los menores a través de la frontera.

Entre otros centros en los que fueron confinados los huérfanos se identificaron uno denominado “Romaska” ubicado en la calle Lomonosov 20 de la ciudad rusa de Rostov, a 200 kilómetros de Moscú. Allí se encuentran 540 chicos ucranianos. También se registró la visita de la comisionada Lvova-Belova al centro “Poliany” de Moscú en el que se la fotografió junto a otros 31 huérfanos trasladados ilegalmente desde Mariupol, la ciudad ucraniana bombardeada durante tres meses por la artillería rusa.

En noviembre de 2019, Lvova-Belova fue elegida senadora por su región de Penza (625 kilómetros al sureste de Moscú) apenas un día después de recibir el carnet de afiliación al partido oficialista, Rusia Unida. Un año más tarde, Putin la nombró Defensora de los Niños. El secreto del rápido ascenso está en el apoyo que esta profesora de música tiene de la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Su propio marido, Pavel Kogelman, fue ordenado sacerdote después de varios años de estudios de teología. También es un programador informático reconocido.

En un reportaje publicado en una revista de la iglesia de Penza contó que su padre “descubrió la fe” cuando ella tenía 10 años y que desde entonces la religión es la columna de su vida. “En aquella época asistía a una escuela de música, y a partir de los trece años empecé a cantar también en el coro de la iglesia. Eso fue salvífico para mí, ya que pasé la adolescencia en la iglesia. Disfrutaba mucho con ello. Entre semana y siempre que tenía tiempo libre estaba en la iglesia. Cantaba en el coro y lo sigo haciendo a pesar de mi apretada agenda. Me di cuenta de que era mi fuente de fuerza. Cuando estoy en la iglesia y canto, vuelvo a la normalidad y pongo en orden mis pensamientos”, dijo.

También hizo gala de su misticismo. “Cuando me siento muy mal, tenemos al Santo Jerarca Inocencio de Penza, a cuya iglesia voy casi todos los días. Le llamo “nuestro capataz”, porque cuando no tengo dinero para nuestras obras acudo a él y le digo: `¡Padre, por favor, haz algo! Estoy perdida y no tengo ni idea de qué hace´. También le pido que nos ayude a traer cada vez más niños a nuestra tierra”.

Y en este contexto es que Vladimir Putin acudió a Lvova-Belova para que lo ayudara a revertir la declinación poblacional rusa que es una de sus obsesiones desde que llegó al poder. Lo considera un problema tanto económico como geopolítico. En sus discursos, pide regularmente a los rusos que tengan más hijos. Incluso aprobó una serie de incentivos para impulsar la tasa de natalidad, como bonificaciones para las parejas que tengan más de un bebé. También esto podría explicar su empecinamiento por forzar la migración de los ucranianos a territorio ruso y la orden para que trasladen a todos los niños que encuentren en situación de desamparo en las zonas ocupadas.

La tasa de natalidad en Rusia es muy baja. El número de hijos por mujer, 1,5 de media, está por debajo del umbral de 2,1 necesario para reemplazar la población sin inmigración. Y desde 2014 aumenta la migración que se acentuó con el comienzo de la nueva guerra en febrero. Desde entonces se fueron del país unas 300.000 personas, la mayoría profesionales con muy buena formación. La pandemia se llevó la vida de otras 700.000 personas.

En 1989, la entonces Unión Soviética tenía 286,7 millones de habitantes, más que Estados Unidos (246,8 millones). Tras el colapso del bloque comunista, y sin las antiguas repúblicas soviéticas, la población de la Federación Rusa cayó a 148,5 millones. En 2020, bajó a 144,1 millones, frente a los 329,4 millones de Estados Unidos. Según las últimas proyecciones de las Naciones Unidas, realizadas antes de la pandemia y la guerra, podría caer a 139 millones en 2040.

El robo de niños durante las guerras tiene una muy larga data. Se produjo en forma sistemática en la II Guerra Mundial. La práctica nazi de secuestrar “niños racialmente deseables” de los países conquistados y criarlos como alemanes está bien documentada. Y el secuestro por parte de los soviéticos durante la década de 1940 de casi 28.000 niños griegos a países comunistas también es bien conocido. La delegación griega en las Naciones Unidas presionó con éxito para que se incluyeran los traslados de niños en la definición legal de genocidio específicamente por estos crímenes.

Los secuestros de niños se consideran tan atroces que las primeras condenas por genocidio en la Historia fueron para 14 oficiales nazis acusados de trasladar por la fuerza a niños polacos a Alemania. En el juicio, recuerda la profesora Marcia Zug en un ensayo para “The Conversation”, el fiscal Harold Neely sugirió que el secuestro de niños podría ser incluso el más escandaloso de todos los crímenes de los nazis. Neely dijo que el mundo conocía los asesinatos en masa y las atrocidades cometidas por los nazis, pero añadió que “el crimen del secuestro de niños, en muchos aspectos, los trasciende a todos”.

Putin, hizo el martes su mejor imitación de un ser humano normal durante la celebración del Día Internacional de la Protección de la Infancia, prometiendo “hacer todo” para ayudar a los niños cuyas vidas se han visto trastocadas por su guerra en Ucrania. “En este día, es imposible no recordar a los niños del Donbás (la región del Este ucraniano que intenta conquistar), que llevan ocho años sometidos a peligros letales”, dijo el líder ruso durante una videoconferencia con familias y de la que también participó “Matushka Maria”, que es como se conoce familiarmente a Lvova-Belova y de la manera en que Putin se refirió a ella.

En la videoconferencia, Putin culpó directamente a las fuerzas ucranianas del sufrimiento de los menores, responsabilizando al “régimen de Kiev” de los numerosos niños muertos y heridos, a pesar de las abrumadoras pruebas de una campaña deliberada de sus propias tropas para atacar a los civiles en un intento de aplastar la resistencia ucraniana desde la invasión del 24 de febrero. “Muchos [niños] perdieron a sus padres, y hay algunos que se han quedado completamente sin familia. Haremos todo lo posible para garantizarles todas las medidas de apoyo social. … Y, por supuesto, ayudaremos a los niños que han perdido a sus seres queridos a obtener las mismas familias cariñosas, amistosas y generosas que las vuestras”, dijo a las familias rusas presentes.

“Rusia está arrebatando vidas y destruyendo futuros sin piedad, mutilando y violando, convirtiendo en huérfanos a nuestra generación mas necesitada y apreciada”, respondió la fiscal general de Ucrania, Iryna Venediktova, en un posteo de Facebook. Dijo que la deportación forzada de miles de niños ucranianos a Rusia formaba parte de la investigación de crímenes de guerra de las autoridades, ya que es “una prueba directa de un plan para destruir la nación”.

“Por el testimonio de quienes se han salvado, sabemos de estos horrores que las tropas rusas transportan por la fuerza a la gente a Rusia, donde los niños son separados de sus madres. Luego envían a las madres a Sajalín (la isla del extremo este ruso, en el Pacífico, que disputa con Japón) y a los niños a otras ciudades. ¿Es esto realmente el siglo XXI?”. escribió Venediktova.

La agencia para la infancia de las Naciones Unidas, UNICEF, también proporcionó un contrapunto a la inquietante amabilidad de Putin, diciendo en un comunicado en la víspera de la fiesta que “al menos dos niños en Ucrania están siendo asesinados cada día”, en su mayoría en ataques con armas explosivas en zonas pobladas. “Estos 100 días de guerra en Ucrania han tenido consecuencias devastadoras para los niños a una escala y velocidad que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial”, agregó UNICEF.

En tanto, “Matushka Maria” Lvova-Belova continúa con la trágica obra encomendada por Putin, trasladando autobuses repletos de chicos ucranianos cada día hacia el territorio ruso. Aunque hay un signo de esperanza. Se sabe que está trabajando una amplia red clandestina de la resistencia rusa que ya rescató a varias familias y niños huérfanos. logró hacerlos salir a través de Estonia y ya se encuentran seguros en un campo de refugiados de Polonia.

Tomado de Infobae