Tienen cientos de tatuajes y alcanzaron el récord Guinness: la historia de “la pareja más modificada del planeta”

Cuando decidió hacerse su primer tatuaje, a los 11 años, Victor no sabía que iba a entrar en récord Guinness. Nació en Canelones, Uruguay, pero para su onceavo cumpleaños ya vivía en Montevideo con su familia. Era, dice, un chico inquieto, andaba mucho en la calle y aprendía cosas con sus amigos en cada esquina.

Así, un día escuchó que con unas agujas y un poco de tinta uno podía dibujarse en el cuerpo. No lo pensó demasiado: buscó los elementos, preguntó la técnica, y se escribió la palabra “FUCK” en los nudillos. “Tenía la mano chiquita, obviamente, así que con los años lo fui agrandando y repasando”, dice ahora desde su estudio de tatuajes en el barrio de Congreso, y muestra el puño, los nudillos cerca de los ojos se ven como montañas pintadas por un lápiz negro gigante.

Víctor Hugo Peralta hoy tiene 52 años, vive en Malvinas Argentina, provincia de Buenos Aires, y hace casi tres décadas que se dedica a tatuar. Su pareja es tan célebre como él en el mundo tattoo: se llama Gabriela Ríos y, como Víctor, tiene el cuerpo marcado por cientos y cientos de diseños. Juntos, en el 2014 fueron declarados “la pareja más modificada del planeta” por el libro Guinness de los récords mundiales. Un día les escribieron por las redes sociales y les dijeron que los estaban considerando para la categoría. Se hizo una evaluación de personas de todo el mundo y un juez de origen inglés decretó que fueran ellos los campeones. Desde entonces hasta hoy, nadie los destronó.

“Sacaron la categoría incluso, así que somos los récord permanentes”, dice ahora Víctor un poco en broma, mientras tatúa a un brasilero que llegó a su estudio para taparse con un nuevo tatuaje de una mantarraya, un viejo dibujo en la espalda.

De padre militar y hermano evangélico, Víctor llegó al tatuaje como forma de rebeldía primero, lo profundizó su afición al rock y al metal -era seguidor y admirador de Ozzy Osbourne– y finalmente se convirtió en su forma de vida. Aprendió a tatuar en Brasil, donde vivió cuatro años y conoció a su maestro, Marcelo Trilha.

Se encontraron mientras Víctor vendía artesanías en la playa. Se cayeron bien y cambiaron una pipa hecha de bambú y cráneo de rata por un tatuaje. Cuando llegó al local, vio que su nuevo amigo no tenía ni un cartel publicitario, ni un afiche para anunciar que ahí se tatuaba. Le propuso hacerlo los carteles porque le gustaba dibujar y empezó a estar más tiempo con él. Se hicieron amigos y finalmente le enseñó a tatuar.

“En Brasil fue el primer tatuaje en la cabeza: me pelé y me hice una cruz invertida. Tenía que ver un poco de rebeldía respecto de la religión. Tanto me quemó mi hermano con eso que me espantó. Me di cuenta de que era una farsa y me puse un poco anti cristo”, cuenta.

Tiene la voz gastada y hosca, pero la alegría y la amabilidad de los chicos felices. En los brazos y en la frente la piel se le estira hacia afuera, son como chichones con formas: de estrella, de redondel, como si hubiera algo intentando salir de adentro. Son implantes que se fue poniendo con los años, en busca de la forma definitiva. Y aunque mucho de lo que pintó en su cuerpo lo oscurece, cada vez que habla se ilumina, como si lo alegrara conversar.

“Esto fue lo que me dio mi trabajo, lo que me mantiene, y me abrió puertas al mundo. Convivo con la tinta todo el día, porque si no se la estiy aplicando a otro la llevo en el cuerpo… Además antes era muy feo, y ahora soy hermoso”, dice, y se ríe.

-¿Te dio una seguridad que no tenías?

-Bueno, me dio trabajo, y eso te da seguridad. ¿No?

-¿Cómo era la mirada de la gente antes y cómo es ahora?

-Por ahí en algunas ciudades más alejadas todavía lo ven como algo extraño, pero está mucho más naturalizado que antes. Para los chicos sin embargo no es nada raro, a ellos les encanta, es como algo de superhéroes. Los grandes son los que lo ven con mirada de más prejucio. Los nenes son más abiertos me parece.

Sus tatuajes ocupan el 95% de su cuerpo. “Salvo el escroto, que no se puede tatuar, el resto del cuerpo está todo tatuado”, dice, bromeando pero dando un dato cierto. Hasta los ojos tiene tatuados, donde se dio inyecciones de tinta especial y cambió el blanco por negro en uno y amarillo en el otro. También la lengua -”el que más me dolió de todos”-: primero le hizo un corte al medio para tenerla dividida, y después la tiñó de violeta: parece la lengua de una serpiente en el cuerpo de un humano.

El otro cuerpo del récord Guinness es el de Gabriela. Tiene dos años menos que Víctor y se conoceron hace 25 años en un evento de motos. Se enamoraron y nunca más se separaron. Primero vivieron juntos en Rosario, de donde es ella, y Victor le enseñó a tatuar, además de impregnar decenas de diseños en su cuerpo (al punto de que Gabriela ya tenga casi el 80% de su piel tatuada).

En el año 1997 hicieron de esto su forma de vida conjunta: abrieron un primer local al que llamaron Querubín Tatttoo. “¿Por qué? Porque el querubín es un ángel y nosotros tenemos aspecto angelical”, bromean. Al tiempo decidieron mudarse a Buenos Aires y cambiaron el local a Isidro Casanova, en La Matanza. Gabriela sin embargo ya no trabaja de tatuadora. Lo hizo hasta el 2018, cuando cerraron ese local y se quedaron solo con el de Congreso (también se llama Querubín Tattoo y quedá en Sarandí 115).

Desde que dejó de tatuar, se dedica a cuidar a los 60 animales que tienen en su casa de Malvinas Argentinas. Además, juntos tienen un show de suspensión corporal con el cual viajaron por todo el mundo: se trata de un espectáculo en el que cada uno de ellos se cuelga de distintos ganchos aferrados a su piel y vuelan. No tiene arneses ni sogas: es la piel la que sostiene.

“Los tatuajes para mí significan mi estilo de vida. Los diseños me recuerdan momentos de mi vida, amistades, viajes. A mis amados bichitos, algunos que están y otros que partieron pero los llevo conmigo para siempre”, dice Gabriela.

“Mi primer tattoo fue una rosa pequeña en un pecho. Fue para experimentar la sensación y es obvio que me gustó por demás. Fue a los 15 años y a partir de ese vinieron muchos más, recuerda. De los tatuajes de su pareja, su preferido es el de la cara porque, dice, es el que más marca su personalidad.

“La sociedad cambió muchísimo en relación a los tattoos. Ahora es más común ver gente tatuada, y muy tatuada. Se dejó de tener ese preconcepto de que el tatuado era un preso o un embarcado. Ahora hay profesionales de cualquier rubro y clase social. Es más, ahora el raro es el que no tiene tatuajes”, dice.

Para Víctor, las cosas también cambiaron. Al principio, dice que algunos lo miraban extrañados y hoy le piden fotos en la calle. Además, asegura que tatuar es su forma de ser artista. “El tatuaje es un arte caminante. Es un lienzo que se mueve por el mundo”, dice.

-¿Firmás tus trabajos?

-He firmado. Tengo muchas personas que se habn tatuado mi rostro incluso. Algunos los he tatuado yo mismo y otros lo han hecho diferentes artistas. Es muy loco. A veces vienen y me piden mi firma, y pienso que me están jodiendo, pero qué sé yo. Me piden.

-¿Cuando tatuás qué sentis?

-A mí me encanta saber que esto va a acompañar a la persona hasta el día de su muerte. Es más, yo doy siempre garantía hasta treinta días después del fallecimiento.

-¿Cuál es tu tatuaje más importante para vos?

-El de la cara. Busqué mucho tiempo hasta que encontré lo que quería hacerme, porque te ves la cara todos los días y tenés que tener algo que te guste. Yo fui ensayando en fotografías mías hasta que encontré el indicado.

-¿Cuál es el tatuaje que más hiciste?

-Escudos de fútbol, el Gauchito Gil, San La Muerte… Eso dejando de lado los de los noventa, que eran el delfín, la mariposa, la rosa… Eran los tatuajes típicos de esa época.

-¿Y cuál fue el tatuaje más loco que te tocó hacer?

-Cuando empecé, uno de los primeros que hice fue a una chica japonesa que me pidió que le hiciera fuego saliendo del ano y de la vagina. Yo no había hecho nunca en zonas genitales, y ese fue el primero, y me pareció muy loco.

-¿Qué te parece que encuentra la gente en los tatuajes?

-La gente quiere recordar momentos, cuestiones familiares… Ahora están mucho con las frases. Vienen y me piden frases que dijo otro, y yo a veces les digo: “¿Por qué no ponés algo que realmente pienses vos?”. Porque eso que queiren capaz lo tienen todos. Qué sé yo. Muchos lo hacen para recordar viajes: vienen muchos de otros países que pasan por Buenos Aires y llegan acá y se quieren llevar un recuerdo: un farol de caminito, el obelisco, una pareja de tango, recuerdos. Y yo lo entiendo porque tengo varias banderas de países donde la pasé muy bien. Los tatuajes son una forma de recordar las cosas que nos hacen bien en la vida.

Tomado de Infobae