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Crisis de honestidad



«Puedes engañar a algunas personas todo el tiempo, y a todas las personas durante un tiempo. Pero no puedes engañar a todos todo el tiempo.» Abraham Lincoln.

Cómo si la pandemia del coronavirus y la crisis económica generada por el confinamiento no fuesen suficientes, el 2020 nos sorprende con un fenómeno de ENOS denominado “La Niña” que hasta hoy ya ha dado lluvias en el oeste del país como nunca en casi 40 años de registros. La lluvia intensa y continua ha causado inundaciones con la consecuente destrucción de las estructuras construidas cerca de los río, derrumbes y destrucción de segmentos de vías importantes. Todo como consecuencia del paso del huracán Eta por el Caribe cerca de Panamá; y como si fuese poco, un segundo huracán, Iota, repite la ruta del anterior y posiblemente profundizará los daños.

Así como nos sorprendió la lluvia, fue reconfortante cómo miles de personas se organizaron para recolectar alimentos e insumos necesarios para asistir a los miles de afectados. El gobierno, aunque más lentamente, reaccionó también organizando la ayuda. Destacable la acción de las entidades de Protección Civil y la Fuerza Pública y la colaboración del gobierno de los Estados Unidos. Fue una orquesta sinfónica que tocó al unísono para asistir a los afectados…

Pero de inmediato surge la sombra negra de la deshonestidad: A medida que la ayuda llegaba a los centros de distribución en las comunidades afectadas, surgieron los “juega vivo” quienes manejaron la distribución con criterios políticos y personas, algunos afectados y no, que acapararon la ayuda. Los alimentos e insumos que debieron durar para un periodo determinado, una o dos semanas, se consumieron rápidamente en días. Y al tener que volver a entregar la ayuda, se priva a otras de las comunidades necesitadas y que permanecían aisladas de la ayuda que tanto necesitan. Esta actitud deshonesta y egoísta no solo consume los insumos suministrados sino la confianza de los donantes quienes al enterarse deciden no continuar ayudando, a pesar de que la crisis ambiental continua.

Las consecuencias de nuestros actos deshonestos trascienden lo inmediato y se trasladan al futuro. Estos acaparadores actúan de igual manera que los criminales quienes despojan a sus víctimas de sus pertenecías, pero también de su fe en el sistema. Muchas de las medidas a las que estamos sometidos se deben a que se supone que todos somos deshonestos en vez, de como debería ser, suponer que todos somos honestos. Y para ponerle la cereza la pastel, los ejemplos de nuestros políticos, quienes actúan soslayadamente, haciendo leyes para el beneficio de algunos y, de acuerdo a la percepción popular, obteniendo beneficios de su actuación gubernamental, son muy visibles y poderosos actuando en contra de toda campaña de influencia de poco alcance.

La educación de la sociedad, especialmente de los niños y jóvenes, en los valores que sostienen la convivencia pacífica y que promueva la prosperidad, resulta imprescindible. No es posible construir una sociedad donde las personas se rigen por la conducta del “juega vivo”, un eufemismo para decir egoísmo y deshonestidad, porque la desconfianza carcomerá cada vez más las relaciones sociales.

Esta manifestación de “juega vivo”, “tomar ventaja” está muy arraigada en la sique de muchos panameños. En este país no es posible prestar dinero a nadie porque lo más seguro es que no lo devolverán. Y sus actuaciones teatrales para convencer a las víctimas conjugan una historia trágica y la labia de un gran orador, a tal punto que la víctima de la estafa se siente culpable de no poder ayudar. No en vano, los comerciantes se han organizado para tener un sistema mediante el cual puedan compartir el historial de los “mala paga”.

Aunque parece algo simple y del ámbito privado, la honestidad de los miembros de la sociedad es un asunto de primer orden que debería ser objeto de consultas, consensos y acciones para construir la conciencia colectiva de que ser honesto es hacer Patria.

¿Fraude en elecciones?



«Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores»… Winston Churchill

Los resultados de las elecciones en Estados Unidos han suscitado todo tipo de comentarios en todo el mundo, la gran mayoría sesgados por sus preferencias por uno u otro candidato. La elección fue muy estrecha lo que ocasionó que no se tuviera una proyección de quien ganaba de manera rápida.

La elección incluía el voto por correo postal en muchos estados que lo incluyeron debido a la actual pandemia y a que cada estado decide la forma de contar sus votos; algunos contaron los votos por correo antes del día de las elecciones y otros lo hicieron después. Estas circunstancias y lo estrecho en las diferencias de votos entre los principales candidatos, retardaron la proyección del ganador 4 días.

Muchos están vociferando que hay fraudes y que el retardo de votos se torna en desconfianza que no se respete la voluntad popular. Es muy interesante que muchos de estos comentarios se realizan utilizando el prisma de la experiencia electoral de nuestros países, lo que ha desnudado de hecho la debilidad de nuestro sistema respecto a la fortaleza mostrada por el sistema electoral en Estados Unidos, aunque muchos piensen diferente. Hasta ahora, no hay evidencia de hechos que sean sospechosos de fraude, aunque hay personas vociferando y desinformando al respecto. Casi todas estas aseveraciones se basan en intereses políticos y no en hechos comprobables.

La única razón que se proclama al presidente electo lo más rápido posible se debe a la falta de confianza que los resultados reflejen la voluntad de los votantes. Lo importante de la elección es que se cuenten los votos de manera honesta y no su rapidez, contrario de lo pensamos. No hay ninguna razón para proclamar al candidato vencedor de inmediato dado que no asume sino semanas y hasta meses después. La única razón es la desconfianza en quienes cuentan los votos.

No es el caso en las elecciones en Estados Unidos. El sistema muestra una alta confiabilidad y se toma el tiempo para contar los votos de manera transparente, con los controles adecuados. Incluso, el sistema judicial tiene la capacidad de resolver de manera independiente muy rápidamente los recursos impuestos por quienes se sienten afectados. Lo que muchos olvidan es que el sistema ha actuado de manera similar siempre, incluso en las polémicas elecciones del 2002 y del 2016.

Un dato curioso es que las papeletas se mantienen (no se destruyen) para posibles reconteos y verificaciones, algo impensable en nuestro país dado que los votos se queman para evitar la nefasta costumbre de alterar los resultados introduciendo papeletas adicionales. Aquí, incluso las actas de las mesas de votación son alteradas, algo que no es posible en las elecciones de Estados Unidos. Los funcionarios electorales norteamericanos proyectan dominio del tema, calma y transparencia. Al escuchar las explicaciones que han dado expertos y las mismas autoridades muestra que el sistema es muy fuerte, incluso para resistir las órdenes del presidente en funciones.

El sistema de Estados Unidos es fiable porque se basa en la honestidad. Las comparaciones con nuestro sistema resultan abismales y dejan en evidencia que, por el contrario, las normas electorales panameñas están diseñadas para evitar la deshonestidad que se asume como la norma de nuestro comportamiento. Aunque en Panamá se ha avanzado mucho, estamos lejos de tener un sistema electoral confiable y transparente basado en valores morales y no en normas para evitar la trampa. Mucho tenemos que aprender. Mucho por mejorar…

¿Constituyente?



«No crea una Constitución los derechos y deberes sociales: no hace más que formularlos.”». Antonio Aparisi y Guijarro

El contundente triunfo de “Apruebo” en Chile para convocar a una Asamblea Constituyente, en la que se incluye que los políticos que actualmente integran el Congreso no pueden participar, ha renovado el entusiasmo de quienes ven en la Constituyente la vía para solucionar los problemas del país.

Los esfuerzos del año pasado para reformar la actual Constitución mediante la consulta en la Asamblea Nacional de Diputados, generó insatisfacción y el rechazo público debido a que, además de no cambiar lo que se considera importante, añadía más elementos de poder a los políticos elegidos.

Unos meses antes, durante las elecciones de 2019, el movimiento “No a la Reelección” tuvo el resultado que el 53% de los diputados que buscaban la reelección (26 de 49), no logró su propósito, de manera que 48 diputados (el 67%) no estaba en la anterior legislatura. Sin embargo, la percepción pública sobre la imagen de la Asamblea Nacional ha empeorado y genera mucha desconfianza. Las continuas denuncias de algunos diputados independientes sobre el actuar en las comisiones y el pleno de la Asamblea Nacional levanta profundas sospechas de corrupción o de encubrimiento de la corrupción. La percepción generalizada es que la Asamblea no responde a los intereses de la ciudadanía ni a los mejores intereses del país.

Pero ¿Quién eligió a los actuales diputados? Sabemos cómo fueron elegidos y aunque cambien las reglas de elección, no será posible asegurar la elección de diputados que ordenen el país y lo enrumben por la vía del progreso y prosperidad, con justicia social. La gran mayoría de los ciudadanos honestos siente repulsión por el actuar de los políticos y no se anima a participar, desalentados por el ambiente de descalificación y desconfianza reinante. Existe la sensación de que los políticos se burlan de nosotros y lo hacen con total impunidad.

Seamos honestos, necesitamos una Constitución nueva, pero el riesgo de elegir a constituyentes que salgan de las filas de los partidos políticos es garantía de que “todo cambia para que nadie cambie”. Y si elegimos empresarios, sindicalistas, gremialistas o cualquiera de nuestras figuras públicas, lo más posible es que obtendremos más de lo mismo.

Nos enfrentamos a una disyuntiva paralizante… El panorama se torna sobrio con la necesidad de cambios profundos en la Constitución y en la sociedad misma, y la cruda realidad de que somos una sociedad sin rumbo, sin objetivos claros, con intereses económicos disimiles y, lo peor, sin voluntad para ceder y lograr consensos, que necesariamente requerirán sacrificios.

Los problemas que enfrentamos tampoco nos dan tregua: El déficit actuarial del programa de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM) del Seguro Social, la educación en crisis, la informalidad laboral, la pobreza, la desigualdad y, como cereza del pastel, la pandemia del coronavirus.

Es evidente que necesitamos un proceso de consulta que establezca los objetivos de nuestro país para los siguientes 50 años, que requiere diálogo para establecer un consenso y sobre esta base, escribir una nueva Constitución. Este proceso requiere escuchar las opiniones de otros, ceder, estar dispuesto a sacrificarnos, acabar con los privilegios y apoyar a los más vulnerables. Es una carrera de obstáculos infranqueables que parecen imposibles. Y por más utópicos que parezca, es imprescindible ponernos de acuerdo. No hay otra opción.

La pandemia ha sido desafiante y muchos dicen que muchas cosas van a cambiar y ojalá que así sea. No obstante, el espíritu que se respira siete meses desde el inicio de la pandemia muestra que la gran mayoría piensa que todo va a volver a ser igual que antes. No será así… Nuevos retos deben ser enfrentados con consecuencias que es mejor no predecir…

¡Quiero creer!


«No que me hayas mentido, que ya no pueda creerte, eso me aterra». Friedich Nietzsche

La famosa serie de TV de los años 90, “Expedientes Secretos X”, trataba sobre de cómo el gobierno trataba de ocultar “la verdad”, lo que sea que eso significara. La serie hizo famosas varias frases: «La verdad está ahí fuera», «no confíes en nadie», «niégalo todo», «la política es disculparse», pero por, sobre todo: «Quiero creer». Esta última frase, aunque indica la disposición a creer, implica la duda inherente. Es la actitud que los panameños tenemos hacia el gobierno: Queremos creer en los esfuerzos del gobierno, pero al mismo tiempo la experiencia previa y las actuaciones nos hace dudar. Y es que el gobierno juega a mantenernos entretenidos, desviando nuestra atención continuamente para que olvidemos que todo anda sin rumbo.

El hospital modular, los ventiladores, los salarios dobles, las planillas de la Asamblea Nacional, los “influencers” en planilla, la abultada planilla de funcionarios, los préstamos millonarios, la deuda externa, el déficit fiscal, en fin, una larga lista que crece cada día. Pero hay situaciones que tienen mucho peso en la opinión pública: El entierro de su copartidaria en la que participa la Ministra Consejera de Salud, y la muerte del Dr. Mendoza sin la aparente ayuda del gobierno. En ambos casos, las explicaciones estuvieron demás porque no importa que digan, nadie les cree. Ante una situación similar en cualquier país del mundo, el funcionario hubiese sido removido o renunciaría por dignidad, pero en Panamá eso no sucede. ¿A qué se juega?

Los políticos están mostrando tal descaro que es increíble que tengan el valor de mostrar su cara en público. El rápido deterioro de la imagen del gobierno y los políticos resultan sorprendentes pero esperadas. Pero todo sigue igual y a eso apuestan. No han aprendido de la experiencia de las últimas 6 elecciones generales: No gana el mejor, sino que pierde el gobierno de turno a quien se le pasa factura. El 2024 no será distinto y lo que parece preverse es que será una derrota similar a la sufrida por el gobierno pasado, quizás más catastrófica. ¿Acaso no se dan cuenta?

La reacción inicial a la pandemia pareció ser una esperanza para el futuro de la humanidad. Duró solo un pestañeo… La pandemia terminó sacando todo lo malo y aterrador que subyacía en muchas personas egoístas y con poca conciencia social. Cuando miles de personas han pasado hambre y perdido su trabajo muchos otros han seguido acumulando riquezas y utilizando sus posiciones de influencia para obtener beneficios, apostando que todo cambie para que nada cambie. Si no que lo digan quienes se beneficiaron de la venta de alcohol clandestino, de mascarillas, de alcohol y gel alcoholado, por mencionar algunos.

Con el uso más intenso de las redes sociales y la Internet en esta pandemia, se ha hecho evidente lo que se conoce como la “degradación humana”: La preocupación de que el avance de las máquinas supera nuestras capacidades nos hizo obviar que se enfocaron, de hecho, en nuestras debilidades, explotando nuestro narcisismo, nuestro enojo, ansiedad, envidia, credulidad y, por cierto, nuestra lujuria. Esta realidad, que ya existían subyacente antes de la pandemia, facilita el accionar de quienes pescan en río revuelto y esperan que la confusión que genera la dispersión de la opinión pública haga que los escándalos se olviden con facilidad en medio de las disuasiones, desviaciones, difamaciones, superficialidades e indiferencia de la gente.

Es un panorama oscuro el que se proyecta en nuestro país y en el resto del mundo con los problemas que se avecinan de la crisis de las pensiones del Seguro Social, la deuda pública, la pobreza, la corrupción, entre otros. Y al igual que para la pandemia, la falta de civismo nos pasará factura. Nuestra incapacidad de actuar juntos, de respetar las leyes, de ser empáticos y solidarios. Este civismo evidente en los países de Oriente, incluso en algunos países de África y Nueva Zelandia, y que ha faltado en el Occidente “liberal” ha llevado a que la pandemia se haya ensañado con Europa, Estados Unidos y América Latina, y que haya sido controlado con daños muchos menores en Oriente, Nueva Zelandia y algunos países de África.

Aunque educar a las masas para aumentar su civismo debería ser la estrategia evidente y urgente, esto no ocurrirá porque a los intereses dominantes no les conviene. Las crisis seguirán hasta que se rompa el cristal y estalle una explosión social de consecuencias imprevisibles. Chile es nuestro espejo…

Educación para todos


 «La educación ha producido una vasta población capaz de leer, pero incapaz de distinguir lo que merece la pena leer». G. M. Trevelyan

La situación económica de los colegios particulares y de muchos padres de familia que se han visto con dificultades para cubrir las mensualidades pactadas, ha puesto en la palestra pública diversas opiniones controversiales y diametralmente opuestas, impregnadas de pasiones y de intereses.

La educación es un derecho proclamado por el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el Título III, capítulo 5to de la Constitución Nacional donde aseguran que la educación es gratuita (en los colegios públicos) y obligatoria hasta el nivel de la educación básica general (hasta el nivel conocido como premedia).

En Panamá, hay unos 725,000 estudiantes (625,000 colegios oficiales y 100,000 en colegios particulares) en los niveles de primaria, premedia y media, según datos de la Contraloría General del año 2017. El presupuesto del Ministerio de Educación del 2020 asciende a 1,797 millones de dólares, un promedio de unos $2,500.00 por estudiante. El costo es cubierto por los impuestos de todos los ciudadanos. En la educación particular los padres pagan entre $1,500 y $6,000 anuales por la educación de cada uno de sus hijos, además de los impuestos que cubren la educación pública.

Lo cierto es que todos los estudiantes, tanto de colegios particulares como oficiales, son panameños, y es el deber del Estado asegurar su educación. Este un principio sobre el cual debe basarse la discusión planteada, es decir el derecho del estudiante de recibir educación. El Estado deberá asegurar el acceso a la educación a todos, para lo cual deberá usar diferentes estrategias.

Si el gobierno decide no apoyar a las escuelas particular y todos los estudiantes deben ser aceptados en los colegios oficiales significaría unos $250 millones adicionales en el presupuesto del Ministerio de Educación. Bajo esta perspectiva los $80 millones solicitados por los colegios particulares no suena tan descabellado.

Muchos aspectos se deben considerar tales como evitar la especulación y abuso de quienes ven en la educación un negocio muy lucrativo y quieren asegurar ganancias desproporcionadas, pero al mismo tiempo es imprescindible enfocarse en el estudiante, como objeto y sujeto de la educación. La educación tanto pública como particular tiene un costo que el Estado asume. Sostener que no es posible apoyar, subsidiar a la educación particular, es negar el derecho de los estudiantes a la educación “gratuita” que el Estado está obligado a ofrecer como lo hace con los estudiantes de los colegios públicos.

Esta discusión plantea extremismos que causan división en nuestra sociedad. Se requiere dejar a un lado los intereses tanto de los gremios de los colegios públicos como los intereses de los dueños de las escuelas particulares y centrarse en la pregunta verdaderamente importante: ¿Cómo aseguramos a todos los niños y jóvenes de este país acceso a una educación de calidad y continua?

La historia de los últimos 40 años y la reciente no da margen para el optimismo, debido a que ha sido caracterizada por los intereses gremiales, confusión, falta de voluntad. La educación en Panamá no pinta bien… La incapacidad de nuestro gobierno para liderar la transformación de la educación para asegurar lo plasmado en el artículo 92 de la Constitución Nacional «La educación debe atender el desarrollo armónico e integral del educando dentro de la convivencia social, en los aspectos físico, intelectual, moral, estético y cívico y debe procurar su capacitación para el trabajo útil en interés propio y en beneficio colectivo», no parece que será viable a corto y mediano plazo.

¿CUARENTA?¿Está bien o no?



«Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes». Frase atribuida a Albert Einstein

El marzo de 2020, el director de la OMS, Tedros Adhanom, afirmó que «para suprimir y controlar epidemias, los países deben aislar, hacer exámenes, tratar y trazar». No mencionó la palabra cuarentena por lo que es falso que la OMS haya recomendado a los países establecer cuarentenas. El ejemplo de cómo China controló el brote en Wuhan fue determinante para establecer las restricciones de movilización y el confinamiento de las personas como medida para detener la epidemia.

En Panamá, el establecimiento de la cuarentena estableció el confinamiento, pero la trazabilidad (es decir el seguimiento de los contactos de los infectados) no fue implementado con efectividad hasta meses después, aún cuando la entonces Ministra de Salud afirmó en marzo que el país estaba preparado para enfrentar la pandemia. Lo resultados son evidentes y sugieren una conclusión diferente.

Hace poco un grupo de médicos realizó una declaración conocida como la Declaración de Great Barrington en la que sostienen que las políticas de cierre podrían tener más efectos negativos que positivos, y propone un nuevo modo de abordar la gestión de la pandemia. Está firmada por más de 5,000 científicos y 12,000 médicos.

Abogan por proteger a las personas más vulnerables (personas mayores de 60 años y con enfermedades crónicas, como los hipertensos, diabéticos, inmunosuprimidos) mientras los demás crean la polémica «inmunidad de rebaño». «La manera más humana de abordar esto, midiendo los riesgos y los beneficios de alcanzar la inmunidad de rebaño, es la de permitirle a aquellos que están bajo un mínimo riesgo de morir, vivir sus vidas con normalidad para alcanzar la inmunidad al virus a través de la infección natural, mientras se protege mejor a aquellos que se encuentran en mayor riesgo». Este es el enfoque que bautizaron como Protección Focalizada.

La cuarentena fue establecida debido a que el sistema de salud no podía atender a los miles de contagiados que se esperaban. La intención no era que no hubiese enfermos, sino que se contagiaron a una velocidad más lenta. La cantidad de muertos no era el objetivo principal, pero sí es consecuencia de la cantidad de casos. La otra consecuencia fue la parálisis de la economía, con la consecuente de la pérdida de miles de empleos, la crisis económica e incluso el hambre en muchas familias.

En el 2018, en la Panamá murieron 19,720 personas debido a diversas enfermedades, principalmente enfermedades del sistema circulatorio, enfermedades isquémicas del corazón, enfermedades cerebro vasculares, tumores malignos, entre otras. Ese mismo año la economía creció 3,7 % (65,06 billones de dólares) … No será igual este año. Todavía no sabemos cuántas personas han fallecido este año, con excepción de las 2,491 muertes debido al COVID-19, pero se estima que la economía decrecerá al menos un 5 %.

Y sí la salud debería importar más que la economía, pero resulta que la declaración de los científicos y médicos hace una afirmación desconcertante: Algunas de las consecuencias de la cuarentena incluyen tasas de vacunación más bajas, empeoramiento de las enfermedades cardiovasculares, menos detecciones de cáncer y el deterioro de la salud mental, lo que conduce a un mayor exceso de mortalidad en los próximos años, siendo la clase trabajadora y los miembros más jóvenes de la sociedad sobre quienes recae el peso más grande de estas medidas.

En otras palabras, el sistema de salud se verá saturado y rebasado en los próximos años. Y aunque la cuarentena fue una buena medida para uno o dos meses, extenderla es contraproducente. Ha sido un error que las decisiones de la pandemia sean tomadas solo por los médicos, cuando las consecuencias de las medidas tienen consecuencias económicas y sociales que requieren el concurso de otros profesionales. Algún día podremos darnos cuenta de la sí las medidas fueron correctas o no, aunque todo indica que no es así.

Burbujas



«En un mundo de feroz individualismo, hay poca necesidad de comunidad y no hay necesidad de confianza»… Joseph Eugene Stiglizt


Una de las medidas que recomiendan para evitar el contagio y propagación del coronavirus es la llamada burbuja social compuesta por quienes conviven (familiares o convivientes). Al resto de las personas se les impone el distanciamiento físico de al menos 2 metros. Este sistema ha funcionado en muchos lugares, especialmente en Nueva Zelanda.

Hay otra burbuja que ha tomado fuerza con la pandemia: La burbuja individualista. También incluye a la familia, a veces a los amigos, pero entre menos personas, mejor. A nivel de la nación y del mundo esta burbuja individualista se expresa en desigualdad, la discriminación y la explotación de los más vulnerables, pero sobre todo por la indiferencia.

Durante los largos meses de confinamiento era usual leer mensajes en las redes sociales con críticas fuertes hacia las personas que salían a buscar sustento, haciendo llamado a las autoridades a ser enérgicos y firmes en la aplicación de las normas. Aducían que era necesario “resistir”. Detrás de esos planteamientos supuestamente motivados en el cumplimiento de la ley y en interés de disminuir los contagios se oculta una realidad fría e individualista: Personas con ahorros, con teletrabajos, en fin, con su sustento asegurado y posiblemente con uno de los 100,000 salvoconductos para ir a sus casas de playa los fines de semana.

“De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Este popular refrán se hizo más que evidente durante estos meses y es que muchas buenas intenciones de ayuda y apoyo, ocultaban la intención soslayada de protagonismo y publicidad. La pandemia ha destruido la economía de muchos hogares, pero ha hecho ricos a muchos otros:

Quienes venden insumos médicos, quienes vendían bebidas alcohólicas, los suplidores de servicios de Internet, los noticieros, los supermercados, en fin, muchos encontraron en la crisis la gran oportunidad. Una y otra vez, la avaricia y el egoísmo se interponen en el camino del desarrollo social significativo, prevalecen a expensas del bien común.

Había una esperanza de que la pandemia provocaría cambios en el comportamiento social, pero parece más bien que lo ha acrecentado. Los conductores siguen son su manejo desordenado, las coimas vuelven a ser noticias, la gente se comporta de manera egoísta en filas y en los lugares de compras mostrando impaciencia y disgusto. Nada ha cambiado, excepto que ahora somos más pobres tanto económicamente como en nuestros valores.

 Y no era de esperarse que fuese de otra manera. Solo nuestra ilusa esperanza de cambio nos hacía creer que los políticos corruptos cambiarían, que la gente superficial y que viven en su vanidad, aterrizarían, y en fin que la gente se volvería mejor.

Las fuerzas del materialismo promueven una línea de pensamiento en que la cual la felicidad proviene de continuas adquisiciones, que cuanto más se tiene, mejor, que la preocupación por el medio ambiente es algo para otro día. Estos mensajes seductores alimentan un sentimiento cada vez más enraizado de la prerrogativa individual, que se vale del lenguaje de la justicia y de los derechos para disimular el interés por uno mismo.

La indiferencia ante las privaciones sufridas por otros se convierte en un lugar común, mientras se consumen vorazmente entretenimientos y pasatiempos que distraen. La influencia debilitadora del materialismo se infiltra en todas las culturas.

Esta es nuestra cruda realidad, aunque nos neguemos a aceptarla.

¿Preparados?



«El error del médico, siempre se lo traga la tierra»… Refrán popular


Hace años la comunidad científica sabía que la aparición de una pandemia era un asunto de tiempo. Cuando las epidemias más recientes como la gripe Aviar, el Ébola y el SARS surgieron, se pensó que la temida pandemia aparecía finalmente.

Si una pandemia ha sido tan esperada, ¿Cómo fue que la pandemia del COVID-19 nos agarró desprevenidos? Y aún más desconcertante fue que expertos en epidemias subestimaron los alcances de la actual pandemia y sus opiniones contradictorias condujeron a la opinión pública a una vorágine de disputas en las redes sociales y los medios de comunicación que ya rayan en lo absurdo y la ignorancia supina. Surgieron los todólogos y los expertos en epidemia graduados en la Internet, que han contribuido a enturbiar las aguas y a perder el rumbo.

La responsabilidad, sin embargo, corresponde a los profesionales de la salud y a la OMS. ¿Qué les pasó? Su compromiso con la verdad y la investigación científica está en duda. Cada día surgen estudios a favor y en contra de métodos, tratamientos y medicamentos, y las disputas en las redes sociales le hacen competencia a la Ilíada y Odisea de Homero. Afloraron los egos y los intereses económicos.

¿Pudimos prepararnos mejor para enfrentar la actual pandemia? Sin duda. Nuestro sistema de salud no estaba preparado y por lo visto, pocos sistemas de salud lo estaban.

El virus se ha enseñado con la pobreza, la desigualdad y la ignorancia y sigue su ascenso ahora en la India, el segundo país más poblado del mundo y con todos los ingredientes necesarios para un desastre epidemiológico.

Y aunque parezca ilógico, la preparación necesaria para la próxima pandemia no será tener mejores sistemas de salud, si no aumentar nuestra capacidad de atender preventivamente las enfermedades como la obesidad, la diabetes, la hipertensión relacionados con nuestro estilo de vida.

Y allí es donde deben enfocarse los esfuerzos de prevención de la próxima pandemia. No nos hagamos ilusiones, esa prevención no llegará porque los intereses económicos de la industria farmacéutica, de la industria de la alimentación y de los gremios médicos se verán amenazados.

Nuestros sistemas de “salud” están dirigidos a atender a personas enfermas. ¿Qué pasaría si la gente deja de enfermarse? Menos hospitales, menos medicamentos, menos médicos… La prevención incluye la alimentación, el ejercicio, el manejo del estrés, el esparcimiento, como base. Un cambio en nuestro modo de vida es fundamental y urgente.

Ha quedado en evidencia la falta de valores en la formación de los médicos y un ego agigantado que requiere un replanteamiento de los programas de formación de los galenos.

No sólo se requiere pericia y conocimiento, si no ser honestos, humildes y veraces. La pandemia ha puesto en evidencia la deficiente formación de los médicos en estos últimos valores.

No olvidemos las recomendaciones

Mientras tanto, sigamos las recomendaciones que sabemos que funcionan: La higiene (lavado de manos principalmente), practicar el distanciamiento físico (lo que incluye evitar abrazos y besos con personas fuera de su círculo más cercano) y evitar las aglomeraciones (reuniones, manifestaciones, entretenimientos como espectáculos deportivos y artísticos).

Depende de nosotros

Por supuesto, esto requiere de cambios profundos en nuestra cultura y profesiones. Si algo hemos aprendido de la actual epidemia es que o seguimos estas normas (que ya eran conocidas antes de la pandemia) o nos preparamos para ver destruido nuestro modo de vida y morir.  


¿Proteger y servir?



«Antes de atacar un abuso, conviene mirar si se pueden destruir sus fundamentos». Marqués de Vauvenargues

Recientemente se ha acentuado el enfrentamiento de la Policía Nacional con los ciudadanos y se ha hecho evidente la falta de entrenamiento de los policías respecto a temas como la aplicación de las leyes, el respeto a los derechos humanos y sobre todo falta del carácter imprescindible para tratar al ciudadano y reaccionar a la hostilidad verbal o física.

Han pasado más de 30 años desde la desintegración de las Fuerzas de Defensa, por lo que casi todos los miembros de las antiguas Fuerzas de Defensa ya se han retirado. Se podría suponer que ya las prácticas de prepotencia y abusos serían cosa del pasado. Pero no, los problemas subsisten y la percepción ciudadana es que las malas prácticas están aumentando.

Luego de la invasión, los Estados Unidos dio entrenamiento a la Policía de Panamá para tratar de convertir “al tigre en vegetariano”. Pues, los recientes hechos en los Estados Unidos han puesto a los cuerpos de Policía de ese país en el ojo de la tormenta. La Policía en Estados Unidos recibe entre sus filas a los veteranos de guerra, como una de las políticas de ese país, para resocializarlos. En consecuencia, las prácticas del ejército se filtran en la conducta de los policías. Hay que considerar, además, que las normas y leyes sobre el abuso policial no son claras y tienden a proteger a los policías y no a los ciudadanos, influidos por los poderosos sindicatos policiales. A pesar de años de tratar de reformar a los cuerpos policiales debido a múltiples abusos que ocasionan más de 1,000 muertes anuales, el gobierno del Tío Sam ha sido incapaz de lograrlo.

Comúnmente, quienes apoyan el uso de la fuerza por parte de la Policía, aluden que en Estados Unidos los policías reparten macana y reprimen violentamente las violaciones de las leyes, y la citan como un ejemplo. Pues resulta un mal ejemplo por los continuos abusos que se dan. De manera que antes de poner como ejemplo a la Policía del Estados Unidos, piénselo dos veces. No lo es. Existen cuerpos policiales mejor entrenados y mucho más respetuosos. De allí que buscar asesoría en el entrenamiento de parte de los estadounidenses, no parece ser buena idea y puede explicar los problemas que arrastramos.

Y es que antes de 1989, muchos de nuestros guardias nacionales fueron entrenadas en el tristemente célebre Escuela de las Américas, que estuvo en Panamá por largo tiempo.

Como la Policía en Estados Unidos, la Policía de Panamá (incluidos los cuerpos cuasi militares como el SENAN y el SENAFRONT) requieren una reforma integral. Y esa reforma no puede dejarse en manos de militares y policías, sean miembros o no de la actual jerarquía policial. Y es que los altos mandos no respetan a la llamada tropa, los insultan y abusan mediante ‘castigos’ que surgen del humor del oficial al mando y terminan sobre los mandos más bajos y de allí a la ciudadanía. Y lo peor es que no importa la gravedad de la gran mayoría de las denuncias ciudadanas, son evaluadas y decididas por oficiales de Policía. Y si hay sanciones, si no perteneces al grupo dominante y si eres de la tropa. Los oficiales suelen quedar impunes y reciben la ‘sanción’ del traslado a otro lugar de trabajo.

Las historias son de terror y nos están estallando en la cara en el momento menos oportuno posible. Y lo peor está por venir: Se les aumentará el presupuesto a pesar de la incapacidad evidente de sus estrategias para que Panamá sea un país seguro. La seguridad de este país se debe a que la ciudadanía obedece la ley, a pesar de las acciones policiales. Y eso ha quedado evidente en la pandemia: La Policía ha sido incapaz de manejar la desobediencia civil y ha sido desbordada. Y no ha sido peor porque la gran mayoría de los ciudadanos obedece. Aun así, el gobierno parece apoyar a la Fuerza Pública al punto de premiarles poniendo a uno de sus miembros activos como Ministro de Seguridad.

Tenemos una situación compleja y frustrante, casi imposible de cambiar. Pero, así como pocas personas preveían la actual pandemia mundial y sus consecuencias, podrá surgir una situación de frustración extrema de la población que desbordaría el sistema y obligaría a hacer los cambios reales. Si te parece imposible en Panamá, los acontecimientos en Chile, Perú, Francia y Colombia debería ponernos a reflexionar.

Privilegios



«El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba un pan»…Pablo Neruda

Un patacón ha sido el protagonista del fin de semana. Ante tan transcendental tema para el futuro de este adormecido país, no queda más que referirse al tema. Y sí, una gran parte de la opinión pública que se expresa en las redes sociales se puso a favor de uno de los bandos; otra gran parte observa estupefacta la aparente superficialidad de este hecho. Y es que debajo de su apariencia de banalidad se esconde una profunda y cruda realidad.

“Pueblo somos todos, aunque no todos somos igual”, afirma la canción de Pedro Altamiranda y este hecho denota la cruda realidad que es al mismo tiempo subterránea y evidente. Panamá es un país de desigualdades y lo peor, de intereses.

Durante la pandemia ha sido evidente que las leyes tienen al menos dos categorías de ciudadanos: Quienes deben cumplirla a raja tabla y a quienes se le aplica sin contemplaciones y quienes tienen “palanca” o “cuna de oro” para quienes la ley se aplica dependiendo de la situación. Aunque supuestamente los restaurantes, barberías, lavaautos y muchos establecimientos comerciales estaban cerrados, atendían a sus clientes de manera furtiva, casi como una operación clandestina. Y ni digamos nada del famoso cerco sanitario, que para algunos era el mismo muro de Berlín, opresivo e infranqueable; pero para los privilegiados dueños de casas de playa (con el consecuente respaldo económico que conlleva) era solo la molestia del embarazoso tranque de dos o tres horas.
Al menos sabemos que son alrededor de 100,000 por la cantidad de salvaconductos que otorgaron para los dueños de casas de playa.

Y no termina allí. Los arrestos por la violación de la ley dependían de tu estatus social. Las esposas (grilletes) y la violencia estaban destinado a quienes no tienen ningún privilegio o cargo público.

No es mismo ser alcalde que se encuentra a decenas de kilómetros de su hogar que hijo de un diabético que busca un tanque de gas en la tienda de la esquina. O ser político y tener acceso a restaurantes. Definitivamente no somos iguales por mucho que la Constitución Política asegure en su artículo 19: No habrá fueros o privilegios ni discriminación por razón de raza, nacimiento, discapacidad, clase social, sexo, religión o ideas políticas.

Y la cereza del pastel, son los intereses políticos o sociales: La reacción de muchos depende de sus intereses económicos y sociales y de quien sea el infractor de la ley. Si cuenta con mis simpatías, lo justifico con argumentos injustificables.

Sabemos que esto no es nuevo para nadie. Lo que sí parece es que no aprenden de las experiencias ajenas. Al menos el derecho de la libertad de reunión, manifestación o protesta, recogido en el artículo 38 de la Constitución, no ha podido ser suprimido ni por los decretos sanitarios ni por las autoridades y todos los sectores sociales han hecho uso de una u otra manera, con su respectivo abuso y afectación a terceros.

Seguimos como siempre, en nuestros clanes, con nuestros pensamientos y argumentos clasistas, convencidos que el interés particular de nuestro grupo asegurará mi bienestar y el de mi círculo de interés. No hemos aprendido nada de la pandemia y esperamos que todo esto pase para seguir con nuestras vidas. Lastimosamente, la situación de nuestro país y del mundo, cambió para siempre y lo peor está por venir: Cambios profundos en el entorno consecuencia del cambio climático y las consecuentes crisis económicas. Pero nuestro país seguirá en sus cuentos de hadas del bueno y del malo y los finales felices. Para el patacón, sin embargo, su fama se extingue rápidamente y su destino será el desecho putrefacto.