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Radiografía de un monstruo: violaba prostitutas, las liberaba en un bosque y las mataba con un rifle francotirador

La escena parece recortada de un thriller de esos que, de manera más o menos bizarra, transcurren en un bosque y cuentan una cacería humana. Sin embargo, es rigurosamente cierta y no ocurrió una sino muchas veces.

El hombre –en este caso flaco y de baja estatura– apoya una rodilla sobre la nieve, ajusta contra su hombro un rifle de cazador con mira telescópica y apunta. La toma siguiente es a través de la mira y se puede ver a una mujer joven, semidesnuda, que corre desesperada entre los árboles. Se escucha un disparo y la mujer cae. Es un tiro perfecto a casi cien metros: está muerta.

En la escena anterior, el hombre ha bajado a la mujer de una avioneta que acaba de aterrizar sobre el suelo nevado. La ha dejado libre y la deja correr para salvar su vida. La mujer se aferra a una última esperanza, aunque le cuesta ganar velocidad sobre la nueve. El hombre no se apura, sabe que tiene tiempo y deja que se aleje. Es un tirador experto.

De esa manera -repitiendo la escena con pequeñas variaciones- Robert Christian Hansen, “The butcher baker” (el carnicero panadero) asesinó a por lo menos 17 y probablemente a más de treinta mujeres en los bosques de Alaska. Empezó a matar en 1970 y siguió haciéndolo hasta 1983 sin que nadie sospechara de él.

Hasta que en una ocasión erró el tiro o, para decirlo con más precisión, una de sus víctimas pudo escapar antes de que pudiera disparar.

El gran escape de Cindy

La noche del 13 de junio de 1983, el camionero Robert Yount, que circulaba por una ruta de las afueras de Anchorage, en Alaska, vio a una chica joven que le hacía señas desesperada para que parara. Se detuvo y le ofreció llevarla a la comisaría, pero la chica le rogó que no, que la dejara en el Big Timber Motel, que desde allí llamaría a su novio para que fuera a buscarla.

El conductor aceptó para evitar problemas con la chica, que traía unas esposas colgando de una mano y la ropa hecha pedazos como si hubieran intentado arrancársela, pero inmediatamente después le avisó a la policía. Cuando el oficial Gregg Baker llegó al Big Timber Motel, la mujer aún llevaba las esposas puestas y, después de algunas evasivas, le contó una historia casi imposible de creer.

La chica se llamaba Cindy Paulson, tenía 17 años, y dijo que había sido abordada en la calle por un tipo bajo, flaco y pelirrojo que le ofreció 200 dólares para que le hiciera sexo oral en un rincón oscuro. Contó que estaban en eso cuando el tipo la esposó y la amenazó con una pistola. La obligó a subir a un auto y la llevó a una casa en el barrio de Muldoon. Ahí, la violó y en un momento dado le introdujo el mango de un martillo por la vagina.

Hasta ese momento, el oficial Baker no había escuchado nada extraño: un caso más de violación de una prostituta en Alaska, donde si había cosas que abundaban eran las prostitutas, los mineros violentos y las violaciones.

Pero, de pronto, la historia de Cindy empezó a transitar un camino extraño. Después de violarla, el tipo la obligó a subir de nuevo al auto y la llevó a un descampado donde había una avioneta. Le dijo que volarían hasta su cabaña, en medio del bosque.

Pero el pelirrojo se descuidó un momento y Cindy pudo escapar corriendo hasta el camino más cercano, donde la había encontrado el camionero. En la parte de atrás del auto de su secuestrador había dejado un zapato azul, que se le había salido del pie al escapar.

Esa misma noche la policía encontró la avioneta y averiguó que pertenecía a un tal Robert Hansen, panadero de Anchorage, casado y con dos hijos.

Cuando Hansen fue interrogado por los oficiales, negó las acusaciones, y dijo que la chica estaba tratando de meterlo en un lío porque se negó a pagarle lo que ella le pedía. Entre el panadero y la pequeña prostituta, eligieron creerle al hombre.

Hansen murió a los 75 años, el 21 de agosto de 2014 en el Complejo Correccional de Anchorage. En 1983, la justicia lo había acusado de fraude, asalto agravado, secuestro, portación ilegal de armas y robo

Un cadáver en el bosque

Nadie relacionó a Hansen con la serie de desapariciones de mujeres –casi todas trabajadoras sexuales– que desde hacía tiempo venía ocurriendo en la región. No era un tema importante: las prostitutas iban y venían y la hipótesis es que se habían ido a probar mejor suerte a otros lugares. Nadie las buscaba.

Tampoco pensaron que Hansen tuviera que ver con un cadáver que había aparecido en medio del bosque unos meses antes.

El 12 de septiembre de 1982, los policías John Daily y Audi Holloway tenían franco de servicio y, como hacían habitualmente, fueron a cazar al valle del río Knik, en cuyo bosque solían cobrar buenas piezas porque allí abundaban los venados, los ciervos, los osos y las cabras salvajes.

Ya anochecía y los policías volvían frustrados porque no habían podido matar siquiera una ardilla cuando, en un atajo poco transitado cerca de la orilla del río, vieron una bota semienterrada. Se acercaron y comprobaron que la bota calzaba un pie en estado de descomposición y que, siguiendo más abajo, había un cadáver completo, un cuerpo de mujer.

La investigación quedó a cargo del sargento Rollie Port, un experimentado veterano que analizó meticulosamente la escena del crimen hasta que descubrió un cartucho percutido calibre .223 de uso común en rifles de alto poder como el M16, la AR15 y el Mini-14, armas que son de uso exclusivo de las fuerzas del estado, aunque en la salvaje Alaska las podía tener cualquiera.

El cadáver fue analizado en Anchorage y se determinó que había muerto por las heridas de tres disparos de ese calibre. La víctima se llamaba Sherry Morrow, de 24 años, bailarina de caño y llevaba seis meses muerta. La habían visto por última vez en el Wild Cherry Bar, donde comentó que un hombre le había ofrecido 300 dólares por posar para algunas fotos.

El hallazgo del cadáver de Sherry hizo que, por primera vez, la policía se preocupara por las otras prostitutas desaparecidas, que se contaban por decenas.

El sargento Lyle Haugsven fue el encargado de investigar los nexos entre ellas, el cadáver de Sherry y un par de casos sin resolver. El primero de esos casos databa de hacía mucho tiempo y se trataba de un cadáver de una mujer, a la que se llamó Eklutna Annie por el lugar donde fue hallado. En 1980 unos obreros, habían encontrado los restos de una mujer en una tumba al ras del suelo cerca de un camino llamado Eklutna. Jamás pudo ser identificado por su avanzado estado de descomposición y a que los animales salvajes se habían comido buena parte de él.

Ese mismo año apareció muy cerca de Eklutna otro cuerpo semienterrado en un pozo de arena. Igualmente estaba en avanzado estado de descomposición, pero se pudo identificar como Joanne Messina, bailarina topless del lugar. En los dos casos, las balas eran del mismo calibre. Había muchas desapariciones y por lo menos tres cadáveres, pero ni una pista, salvo las balas.

Un perfilador del FBI

Como la policía no daba pie con bola, se requirieron los servicios de un legendario perfilador del FBI, el agente especial John E. Douglas, que se trasladó a Alaska para analizar la evidencia que le ofrecía la policía. Douglas estableció que el asesino elegía prostitutas y bailarinas topless porque son muy proclives a moverse de ciudad en ciudad y la súbita desaparición de alguna no levantaría mayor preocupación.

Y fue Douglas quien reparó en la acusación de Cindy a Hansen a la que nadie le había dado crédito. Cuando estudió el perfil del panadero, les dijo a los policías que su baja estatura, el hecho de que tuviera muchas cicatrices producto del acné y su evidente tartamudeo lo hacían pensar que de joven había sido objeto de burlas de sus semejantes y que con toda probabilidad había sido rechazado varias veces por las mujeres a quienes deseaba acercarse. De ese modo era seguro que tenía una autoestima muy baja y que vivía en un lugar apartado como Alaska era para aplacar un poco de su malestar personal. Atacar prostitutas podía ser una manera de cobrarse venganza por las humillaciones vividas durante la adolescencia.

Por otra parte, algunos policías que conocían a Hansen le dijeron que era un gran tirador, que había ganado premios de tiro al blanco y que solía jactarse de las piezas que cazaba en el bosque. Con una sonrisa, Douglas les contestó: “Tal vez se cansó de cazar venados y osos y se dedicó a piezas más interesantes”.

Allanamiento y confesión

Con el informe del perfilador del FBI, la policía consiguió una orden judicial para allanar la casa de Hansen, pero en una primera inspección no encontraron nada que pudiera incriminarlo.

Estaban a punto de terminar y marcharse cuando un oficial descubrió un escondite en el ático. Ahí encontraron diversos rifles de alto poder, así como pistolas, un mapa de navegación marcado en varios sitios, identificaciones de las víctimas, recortes de periódico y algunas piezas de joyería. Al fondo había un rifle Mini-14 calibre .223, que coincidía con la munición que había matado a las víctimas. Y también un zapato azul, el que había perdido Cindy al escaparse del auto.

En la comisaría, Hansen negó cualquier relación con los homicidios, pero abrumado por las pruebas se dio por vencido y pidió un abogado. Lo detuvieron acusado de fraude, asalto agravado, secuestro, portación ilegal de armas y robo.

El 3 de noviembre de 1983 el jurado de Anchorage acusó formalmente a Hansen de portación indebida de armas, robo en segundo grado y secuestro, guardándose el cargo de homicidio hasta no recibir las pruebas de balística. Hansen se declaró inocente de todos los cargos.

El juez le impuso una fianza de medio millón de dólares, así que debió esperar el juicio en la cárcel.

El resultado de las pruebas de balística llegó procedente de los laboratorios del FBI en Washington el 20 de noviembre de 1983 y demostraron que los casquillos hallados habían sido disparados con el rifle Mini-14 incautado en la casa de Hansen.

Acorralado por las pruebas, Hansen buscó llegar a un arreglo: confesaría detalladamente sus crímenes a cambio de ser condenado únicamente por los cuatro homicidios que se conocían hasta el momento. Además, purgaría su sentencia de cadena perpetua en un recinto federal, en vez de una prisión de máxima seguridad.

“The butcher baker”

En su confesión, relató que su modus operandi consistía en contratar a las prostitutas y secuestrarlas. Después las subía a la avioneta y las llevaba al bosque, donde tenía una cabaña.

Me gustaba ver cómo se congelaban de miedo. En la cabaña las violaba y después las soltaba en el bosque y les daba la oportunidad de escaparse. Esperaba a que se alejaran y después practicaba tiro al blanco con ellas. Nunca erré un disparo”, dijo.

Los interrogadores le mostraron un mapa del bosque y señaló unos treinta lugares donde, dijo, había enterrado los cadáveres. Al día siguiente se hizo una expedición en un helicóptero militar y Hansen los condujo a 12 sitios diferentes. Se recuperaron únicamente siete cuerpos.

Para entonces, los medios ya lo llamaban “The butcher baker”, un apodo que combinaba su hobby sangriento y su oficio de panadero.

El 18 de febrero de 1984 Robert Hansen se declaró culpable de los cuatro homicidios acordados y recibió sentencia de 461 años de cárcel sin derecho a libertad condicional. Inicialmente fue enviado a una penitenciaria en Pennsylvania, pero en 1988 regresó a Alaska a ser uno de los presos fundadores del centro correccional Spring Creek.

Murió a los 75 años, el 21 de agosto de 2014 en el Complejo Correccional de Anchorage, donde había sido trasladado unos meses antes por motivos de salud.

Tomado de Infobae